viernes, 21 de marzo de 2014

Sofía Casanova entrevista a León Trotski

Cuando hace cuatro días me decidí en secreto de mi familia a ir al Instituto Smolny, una nevada densa y callada caía sobre San Petersburgo. Deseaba y temía ir -¿por qué no confesarlo?- al apartado lugar donde funcionan todas las dependencias del Gobierno popular. Como no me atrevía a ir sola, ni otra persona alguna hubiera querido acompañarme, dije a la fiel gallega, inseparable nuestra en estas penalidades, que viniera conmigo, pero sin descubrirle el objeto de nuestra salida...

Obscuras las calles, resbaladizas como vidrios enjabonados y completamente solitarias a aquella hora –cinco de la tarde-, tras muchos tumbos hallamos un iswostchik, somnoliento en el pescante del trineo. Extrañado de la dirección que le daba y puesto buen precio a la carrera, atravesamos lobregueces y más lobregueces de barrios extremos, hasta dar en un edificio enorme que sobresale de casucas y callejuelas adyacentes. Entre el portón que da a la calle y el de entrada principal del edificio hay un gran espacio, jardín en otro tiempo donde esperan los automóviles del personal gubernativo. Los guardias de la entrada, paisanos armados, caliéntanse en una hoguera. Me preguntan adónde voy; respondo que voy a ver al comisario Trotsky y me señalan con franco ademán la escalinata.

Penetro en el edificio, y en la sala contigua a un vestíbulo, donde se desparraman grandes paquetes de papel, veo sentados en torno de una mesa dos marineros, tres soldados y dos jóvenes judías, que escriben. Repito mi demanda de ver a Trotsky -ministro de Negocios Extranjeros, que es el más interesante de los compañeros de Lenin-, y sin más requisitos nos entregan dos pedacillos de papel timbrado con el número del cuarto donde el compañero Trotsky trabaja. Ruego que me indiquen el camino de aquel piso tercero y aquel número 67, y merezco la deferencia a la muchachita judía Sarah Ivanova de que nos conduzca ella misma a los pisos altos. Son muchos los escalones, y a cada uno que subimos auméntase el pánico de Pepa que, aterrados los ojos, el mantillín caído sobre la frente, me dice en gallego cerrado:

-¿A dónde me leva, señora? Mire que aquí nos matan, a canalla está muy armada; a min me tembla o pulso.

Nos dejó Sarah junto a una puerta, donde la Guardia roja hacía centinela, y mientras pasaban mi tarjeta a Trotsky dialogué con «la canalla muy armada» que allí había. Les había anunciado la judía que éramos españolas, y cuando uno de aquellos proletarios me dijo que había leído cosas de España, y fijándose en Pepa habló con calor de las mujeres de mi país, oíselo apagándose la luz eléctrica y lanzó un grito Pepa, agarrándose a mí espantada. Fue un momento de pintoresca emoción, volvió la luz, se abrió la puerta, y el soldado correcto, que había llevado mi tarjeta, dijo:

-Les ruego que pasen.

Atravesamos una sala grande, sin más muebles que algunas sillas y máquinas de escribir, y a la izquierda; en un gabinete chico, nos esperaba Trotsky. Me rogó que tomara asiento en el único sillón de la estancia, frente a él, junto a una mesa de despacho. Indicó a Pepa el sofá, que completaba el sobrio mobiliario, y con voz agradable se expresó así en francés:

-Conozco España; es un hermoso país del que tengo buenos recuerdos, aunque la Policía comme de raison me trató mal. He visitado Madrid, Barcelona, Valencia. Mi amigo Pablo Iglesias estaba a la sazón en un Sanatorio; sentí dejar España.

Nuestra política es la única que puede hacerse al presente. El mundo está hambriento de paz y nosotros tenemos la esperanza de que se haga no la paz aislada de Rusia, sino la general, la de todos los pueblos combatientes. Ahora mismo acabo de recibir un radiotelegrama de Czernin de conformidad con nuestra iniciativa de armisticio y de gestiones pacifistas. No hemos de detenernos, ni mis compañeros ni yo, en el camino emprendido.

-¿Pero la actitud de las potencias de la Entente es inquietante?- indiqué.

Veló con los cansados párpados su aguda mirada Trotsky, y en vano esperé una respuesta o un comentario a mi frase. Conversamos aún, rozando los asuntos, sin ahondar en ellos y con sencillez me dijo al despedirnos:

-Me alegro haber conocido a usted y por su conducto envío un saludo a España.

Volvióse a su asiento, y su cabeza se inclinó sobre los documentos allí reunidos.

¿Es simpático Trotsky? No es atractivo. Acentúa su tipo israelita la espesa melena revolucionaria, que enmarca con negrura su rostro irregular y agudo. Las cejas y la recortada perilla, muy negras, son a modo de pinceladas mefistofélicas en el rostro cetrino. No se revela en él ni la voluntad, ni la inteligencia; nada, en fin, potencialmente fuerte. Podría pasar por un artista decadente, y, sin embargo, yo creo que tiene un valor irremplazable en la Rusia actual, y que no son las circunstancias precarias las que dan relieve a una medianía, sino que es la personalidad de este hombre la que se impone a aquéllas con actos de un plan político desconcertante y trascendental.

En el antro de las fieras existe menos disparidad entre ellas y aquel que existía en el Palacio de la Duma. En el Instituto Smolny es todo plebeyamente democrático, y los feroces marineros de Kronstadt, confundidos con la guardia roja, no desdicen de los fríos muros, de las salas desamuebladas, donde funcionan como árbitros de San Petersburgo. Impresionan y desasosiegan el Instituto Smolny, y sus moradores, porque es un foco de anarquía y porque la ignorancia y el odio de los antiguos esclavos a todas las clases sociales arma sus manos con el ensañamiento demoledor.

Al fanatismo jerárquico del Imperio sustituye el otro, el de la ergástula en rebeldía. ¿Qué pueblo podrá ser feliz gobernado por el terrorismo de abajo?

Sólo la bandera blanca de la paz, que estos hombres levantan, da el alivio de una esperanza a nuestra angustia de desterrados. ¡La paz!, la paz, y luego... ¿qué ocurrirá en las regiones de Rusia dispersas y sin tradición de independencia? Aquella hoguera llameando sobre la nieve a la entrada del Instituto Smolny me parece un símbolo del porvenir: ¡Incendio en las estepas invernales!


ABC 1917: Sofía CASANOVA. San Petersburgo

viernes, 14 de marzo de 2014

Sofía Casanova: entre Galicia y Polonia

A finales de abril, la viajera y enxebre Orde da Vieira se va de excursión a Galitzia. Sí, a esa otra Galicia que se extiende al norte de los Cárpatos, alargándose suavemente entre Polonia y Ucrania, entre Cracovia y Lviv. Allá nos vamos a encontrarnos con numerosos gallegos de los que os queremos hablar. Una de ellas es aquella cronista de guerra llamada Sofía Casanova, gallega y residente en Polonia, que fue capaz de transmitirnos, a través de ABC, todos los horrores de la primera guerra mundial y de la propia revolución rusa. Copiamos la breve biografía escrita por Rosario Martínez para el ABC del 08 de noviembre de 2013.


Casanova, corresponsal frente al horror
Sofía Casanova, en 1916, vestida de enfermera de la Cruz Roja


«Mis papeles son insustituible material histórico de la catástrofe que me arrolla». Así se expresaba la coruñesa Sofía Casanova en vísperas de la toma de Varsovia por los alemanes, en el verano de 1915, resistiéndose a ser evacuada. Era la corresponsal de ABC en la I Guerra Mundial, y se estaba jugando la vida en la capital polaca porque creía que su testimonio sería útil para la historia. La historia, en cambio, ha menospreciado su esfuerzo.

A unos meses de que se conmemore el centenario del comienzo de la Guerra que desde 1914 asoló a Europa, nos parece de justicia recordar a la mujer que contó a los lectores de ABC el desarrollo de la contienda en el frente del Este.

La gallega se había casado en 1887 en Madrid con Wincenty Lutoslawski, filósofo, profesor, hombre de gran talento e hijo mayor de una familia terrateniente polaca, y los lazos de ese matrimonio –sus hijas- la mantuvieron ceñida a Polonia para siempre. Al estallar la guerra, se hallaba en aquel país con su familia, y con ella haría frente a aquel horror.

Poeta, narradora e incluso autora de teatro, fue contratada por ABC en el año 1915 como corresponsal en Varsovia, y escribió para el diario madrileño hasta poco después de la invasión del territorio polaco por el ejército nazi. No era fácil ni usual para una española hacer frente a tal oficio, pero a ella le sobraba experiencia literaria, decisión y coraje para ello; además, dominaba varias lenguas. Era una mujer valiente, contaba con fuentes extraordinarias de información en el país, y tenía mucho por que luchar, muchas cosas que decir.

Fue una pionera: la primera mujer corresponsal de guerra, de forma permanente, en el extranjero. Antes, la escritora Carmen de Burgos había cubierto la guerra de Marruecos, pero sólo durante unos meses. Para Sofía, el conflicto de 1914 sólo sería el primero: vendrían después la Revolución rusa de 1917, las guerras por las fronteras de la Polonia restituida y la más exterminadora, la de la ocupación nazi. Realmente, la gallega se quedó atrapada entre confrontaciones para siempre, pasando sus últimos días aislada de España y de Occidente tras el telón de acero. En su tierra adoptiva, concretamente en Poznan, moriría en 1958, después de haber visto y sufrido en propia carne los mayores cataclismos que el siglo XX trajo a la historia de Europa. Tenía casi 100 años, y aunque estaba casi ciega, seguía anotando sus impresiones con la ayuda de un cartoncillo que le permitía mantener el papel en vertical, cerca de sus ojos.

Sofía realizó un trabajo literario y periodístico ingente, su objetivo era dar a conocer al lector hispano la idiosincrasia del pueblo polaco y difundir sus anhelos de independencia. Alcanzada ésta, narró la construcción del Estado de Polonia, empeño de todo un pueblo y de su élite intelectual. Durante la guerra, y cuando las informaciones de las agencias eran sólo frías notas, la escritora mandaba crónicas del día a día, sin olvidarse de la población civil, de la que ella formaba parte. Denunció la brutalidad de una confrontación en la que se estaban utilizando armas nuevas como las químicas, cada vez más agresivas, y analizó las complicadas circunstancias políticas y sociales que explicaban hechos como el de la Revolución rusa de 1917, de la que fue testigo y víctima en San Petersburgo, adonde había llegado como refugiada polaca. Sin casi teléfonos, con una correspondencia que tardaba semanas o meses en llegar a Madrid, ella se las ingenió para que sus crónicas llegasen a ABC de una forma u otra.
A Sofía Casanova se la conoce muy poco y muy mal. Su nombre está férreamente asociado a su ideología conservadora y a su visceral antibolchevismo, pero su personalidad y su campo de acción va mucho más allá de este cliché. Su pensamiento, la evolución de su mentalidad, sus textos, forzosamente han de estudiarse a la luz de la historia de Polonia, país sobre el que gravitó su intensa vida.

Allí, en un país maltratado y troceado por sus poderosos vecinos, asumió su papel de esposa y de madre, convivió con una familia formada por personalidades de enorme talento y decidido nacionalismo y abrazó con ellos la lucha por la independencia de Polonia, entonces borrada del mapa. Fue una mujer de acción en la paz y en la guerra: en España fundó y presidió el Instituto de Higiene Popular, institución que socorría y asistía a domicilio a mujeres indigentes. En Polonia, como enfermera voluntaria en un hospital de la Cruz Roja de Varsovia, se volcó en socorrer a los soldados gaseados y a los heridos del frente. Visitó las trincheras de las tropas aliadas, que describió con horror, denunció espantada las armas químicas y, refugiada en Rusia, hasta entrevistó a Trotski en el Instituto Smolny. También sufriría las dolorosas consecuencias del terror rojo en San Petersburgo, especialmente el cruel asesinato de sus dos jóvenes cuñados a manos de los bolcheviques.

En su época llegó a ser una mujer importante por su cultura, su trabajo literario y su atención a los más desfavorecidos. Miles de personas la aclamaron en las calles de Coruña, su tierra natal, a su vuelta del infierno, en 1919. Fue nombrada Académica de Honor de la Academia Galega, le fueron concedidos galardones como la Gran Cruz de la orden civil de Beneficencia y la de Alfonso XII, e incluso se pidió para ella el Premio Nobel.

Su obsesión, su sueño, ya Polonia restituida, era unir a sus dos patrias mediante el conocimiento mutuo y el establecimiento de instituciones que favorecieran el intercambio político, comercial y cultural de los dos países. Contribuyó a ello con su trabajo, explicando a sus lectores las dificultades y los logros que el pueblo polaco iba consiguiendo en la tarea ingente de construir el Estado, a partir de su independencia, y dio a conocer a los poetas, artistas, intelectuales y líderes de su segunda patria.

Sus crónicas reflejan esa acción. En ellas Sofía Casanova denuncia injusticias y el atroz sufrimiento de la población civil, el exilio de las masas de refugiados que caminaron como ella hacia el interior de Rusia, huyendo desesperadamente del enemigo, y no se cansa de señalar a la guerra como la mayor de las inmoralidades. Muy adelantada a su tiempo en la forma de entender la información, supo transmitir al lector aquella maraña de acontecimientos y dificultades.

Ahora el Instituto Polaco de Cultura en Madrid, en Casa del Lector, toma la iniciativa de recordar a una mujer que, a pesar de ser tan valiosa, ha quedado casi en el olvido. ABC, el periódico que fue plataforma, tribuna de su palabra, y su querida Polonia le hacen justicia.

miércoles, 12 de marzo de 2014

miércoles, 5 de marzo de 2014

Hoy recordamos el nacimiento de Alfonso Graña, el gallego que llegó a ser rey de los jíbaros


Graña, a la derecha, en Iquitos, con los jíbaros y las hijas de su amigo Cesáreo Mosquera

Hace hoy 136 años nacía en la pequeña aldea de Amiudal, cerca de Avión, en la provincia de Orense, Ildefonso Graña Cortizo, que sería más conocido como Alfonso Graña. Como muchos de los vecinos de su aldea, Alfonso emigró a América, donde se convertiría en un mito, en un "cacique" jíbaro al que Víctor de la Serna denominó Alfonso I de la Amazonia. Recogemos aquí un artículo de Álvaro Otero, publicado en El País, que os agradará leer. Podéis ver también el ameno documental de rtve titulado "O rey dos xíbaros" o ampliar información en el extracto del libro de Fernández Sendín sobre nuestro paisano Alfonso de Amiudal.
________________________________________________

Aventurero y audaz, Alfonso Graña fue uno de tantos gallegos que emigraron en busca de fortuna. Pero su historia es de cine. Empezó como cauchero en Iquitos (Perú), y cuando murió, en 1934, se había convertido en el rey Alfonso I y reinaba sobre 5.000 indios jíbaros del Amazonas.


Partió analfabeto y aprendió a leer y a escribir en la selva, donde nadie leía y escribía. Las tribus jíbaras huambisa y aguaruna del alto Amazonas, conocidas por guerrear sin pausa y reducir las cabezas de sus enemigos, ejecutaban sus órdenes con respeto y cierta reverencia, pues aquel hombre blanco, inmune a las fiebres, al veneno de las tarántulas o a la furia de los rápidos, parecía a veces inmortal. Como el Kurtz de Conrad en El corazón de las tinieblas, también vivía río arriba, en compañía de los salvajes. He ahí, no obstante, la única coincidencia con el personaje literario. Graña fue un Kurtz bueno que falleció de muerte natural en algún remoto lugar de la jungla. Una desaparición recogida por grandes periódicos de la época y evocada, como antes lo había sido su vida, por escritores y científicos de una II República española que también pronto moriría.


En una casucha derruida de la parroquia orensana de Amiudal, perteneciente al Ayuntamiento de Avión, célebre por ser la patria chica de acaudalados emigrantes como el magnate de la prensa mexicana Mario Vázquez Raña, hay una lápida con la siguiente inscripción: "Casa natal de Alfonso Graña, rey de los jíbaros".
"Está por ahí arriba", dice un anciano señalando las ruinas con su bastón. Y añade, mirándome con curiosidad: "De vez en cuando vienen algunos fanáticos a verla". En su lugar natal no parece despertar demasiado entusiasmo la figura de Alfonso Graña, pero lo cierto es que comienza a cobrar caracteres de mito gracias a un puñado de entusiastas investigadores que desde hace unos pocos años se afanan en recabar información sobre uno de los personajes más fascinantes que haya dado la emigración gallega. Un hombre que, partiendo de una aldea misérrima de la Galicia del siglo XIX, llegó a dominar sobre miles de indios amazónicos y a ser respetado por quienes le conocieron o supieron de él.
Maximino Fernández Sendín, ovetense de padres gallegos y apasionado biógrafo de Graña, afirma en su libro Alfonso I de la Amazonia. Rey de los jíbaros que "a finales del siglo XIX emigra a las Américas, recala en Belén de Pará y un tiempo después se traslada a Iquitos (Perú), donde está documentado que se encuentra en 1910 y trabaja en distintos oficios, incluido el de cauchero".
En Iquitos, próspera ciudad amazónica gracias a la industria del caucho, reside Alfonso Graña durante una década y traba profunda amistad con otro personaje de novela: Cesáreo Mosquera. Originario de una parroquia cercana a Amiudal, Mosquera era un ferviente republicano que había hecho la guerra en Filipinas antes de asentarse en la capital del departamento peruano de Loreto, donde había formado una familia y fundado la célebre librería Amigos del País, verdadero centro de reunión de una colonia española que acudía allí para enterarse de las últimas novedades de la patria y leer con fruición las novedades del Ya o El Sol.
Pero la prosperidad de Iquitos comienza a tambalearse con la caída de los precios del caucho natural en los mercados internacionales. Esta crisis se vuelve virulenta alrededor de 1920, y es entonces cuando Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades. Hay varias versiones sobre cómo acabó contactando con los jíbaros, pero muchas coinciden en que hubo un enfrentamiento con los indígenas durante el cual el hombre que le acompañaba murió y Graña se salvó de correr la misma suerte porque "se encaprichó con él la hija del jefe de la tribu", según uno de los testimonios recogidos por Fernández Sendín.
A Graña, alto y delgado, la apostura le venía de familia, conocida en la remota aldea natal por el apodo de Los Chulos. Le gustaba -quizá herencia del padre, sastre- vestir elegantemente, y se tocaba con unas gafas redondas que le daban un aire intelectual. Esa imagen, al parecer, le libró de morir a manos de los feroces jíbaros, y su audacia e inteligencia le servirían para suceder a su suegro a la muerte de éste.
Lo cierto es que Graña desapareció en los confines de la selva sin que ni siquiera su gran amigo librero tuviera noticias de él, pero cuando vuelve a aparecer lo hace de forma espectacular. El periodista y escritor Víctor de la Serna, el primero que utilizó el sobrenombre de Alfonso I, Rey de la Amazonia, y quizá la persona que más contribuyó a ensalzar la figura de Graña en la España republicana, describió así el momento: "Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías (…) y Graña. Lo reconocieron sus amigos y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera".
"Los indígenas lo adoraban y seguían a todas partes", cuenta el editor y escritor Gonzalo Allegue, precursor en el redescubrimiento de este personaje. "En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes, los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable cedido por Cesáreo Mosquera".
Más allá de estos divertimentos, Graña acudía a la ciudad para hacer negocios y después se iba. Aparecía una o dos veces al año con las balsas cargadas de carne curada, pescado salado, monos, venados, bueyes y tortugas, siempre rodeado de jíbaros que mostraban a las asombradas hijas de Mosquera las tzantzas o cabezas reducidas. Nadie sabía dónde vivía exactamente, pero se movía sobre todo en el entorno del Pongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas enteras de canoa, río arriba, desde Iquitos.
"Diez kilómetros de violentos remolinos, rocas, torrentes…". Así describe Mario Vargas Llosa el Pongo en su novela La casa verde. Con el tiempo, la gente fue relacionando la ascendencia de Graña sobre los jíbaros, entre otras cosas, con su capacidad para atravesarlo sin siquiera amarrarse a las balsas, como un loco inmortal llegado de otro mundo. No es para menos, porque el Manseriche, donde las aguas del Marañón se encajonan en un angosto cañón rocoso de sólo 25 metros de ancho y acaban precipitándose sobre una piedra de 30 metros de altura, era y sigue siendo un infierno de remolinos que se traga decenas de hombres y barcos de gran porte.
Sólo los jíbaros más valientes se atrevían a navegar el Pongo… y Graña. Según cuenta Allegue en su libro Galegos: as mans de América, cruzaba la torrentera agarrado tan sólo a su pértiga y encomendándose a voz en grito al padre Rafel Ferrer, un sacerdote español que 100 años antes había muerto en el río y cuyo espíritu, según el gallego, le protegía. Graña, además, había enseñado a los indios a aumentar la producción de sal, indispensable para curar el pescado y la carne, y se empleó a fondo para reducir los conflictos entre aguarunas y huambisas utilizando sus dotes de persuasión y su capacidad de mando.
Su fama, con el transcurrir de los años, fue creciendo. Mosquera, que, a pesar de haber aprendido a leer ya mayor, tenía una irrefrenable pasión de cronista, le sentaba delante de él cada vez que llegaba, le instaba a contarle sus aventuras y, mientras tanto, reproducía su cháchara tecleando compulsivamente en su vieja máquina de escribir. Esas páginas, redactadas con fluidez y gracejo, cuajadas de faltas de ortografía y expresiones en gallego, representan hoy un testimonio clave para comprender la vida de Graña, su relación esporádica con la civilización y su posterior contacto con uno de los proyectos científicos más ambiciosos de la II República.
"Acaba de llegar aquí nuestro paisano Alfonso Graña de su tribu del río Santiago y Marañón con indios huambisas trayendo una balsa con mucha metralla para vender aquí", consigna en uno de esos escritos. "Animales y aves curados y ahumados, parece un necroterio (sic), que diría Darwin". "Ya nos retratamos y todo con ellos", añade en otro, "y hasta con la cachola de una mociña que han escamochado saben ellos por qué".
La autoridad de Alfonso Graña sobre ese vasto territorio selvático se consolida con el tiempo y llega incluso a oídos de los hombres más poderosos del planeta. "Cuando en 1926 la Standard Oil [la petrolera propiedad de los Rockefeller] quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del alto Amazonas", relata Lois Pérez Leira, responsable de migración de la Confederación Intersindical Galega y otro precursor en las investigaciones sobre el personaje, "tuvo que pactar con Graña, y gracias a él pudo hacer los sondeos". Sólo Graña podía evitar que las tribus atacasen a los expedicionarios, sólo él podía proveerlos de víveres y, lo que es más importante, sólo él conocía dónde brotaba el petróleo de la tierra con la misma naturalidad que el agua de una fuente.
Mientras tanto, Cesáreo Mosquera se entera por un artículo de Víctor de la Serna de que el famoso aviador republicano Francisco Iglesias Brage lidera en España una denominada Expedición Iglesias al Amazonas, con el apoyo del Gobierno y de intelectuales de la época como Gregorio Marañón o Ramón Menéndez Pidal. Sin pensárselo dos veces, y aún incrédulo, Mosquera le escribe a Brage: "Supongo que es una broma [la noticia], pero si no lo es, aquí estamos Graña y yo".
El aviador, famoso por hazañas como su vuelo sin escalas de Sevilla a Salvador de Bahía en 1929, le contesta de inmediato y a partir de ese momento el librero y su amigo Graña se convierten en entusiastas colaboradores del proyecto. Mosquera escribe decenas de cartas a Brage con datos preciosos para los preparativos de la expedición, "entrevista" compulsivamente a Graña cuando éste se acerca a Iquitos sobre todo de tipo de aspectos relacionados con la vida en la selva -costumbres de los indios, distancias, fauna, formas de las embarcaciones- e incluso inquiere a los jíbaros -con la ayuda de un sospechoso ahijado de Graña, de gran parecido con éste, que hacía de traductor- sobre la técnica para reducir cabezas o los efectos de la ayahuasca, la planta "que no se toma para curar, sino por soñar".
Víctor de la Serna comienza a hacerse eco del poder de Graña en los periódicos y revistas de la época, mientras la Expedición Iglesias al Amazonas alcanza velocidad de crucero. El 16 de junio de 1932, las Cortes elaboran una ley para darle el definitivo impulso y se inicia la construcción del Ártabro, un buque especialmente diseñado a tal efecto que contenía desde un laboratorio hasta pequeños aviones de alas plegables con los que realizar las exploraciones.
Mientras tanto, Mosquera, que seguía al dedillo la evolución del proyecto, no sólo se limita a enviar datos por escrito, sino que le hace llegar a Iglesias Brage todo tipo de material traído por Graña: botellitas con agua del río, con petróleo, monos ahumados, paujiles, paiches, capullos de crisálida y decenas de fotografías realizadas por el gallego selva adentro. Víctor de la Serna divulga sin descanso los trabajos. El filósofo Ortega y Gasset se suma al patronato de la expedición y es entonces cuando, de nuevo en el Amazonas, un suceso acaba por asentar definitivamente el reinado de Alfonso Graña.
Todo comienza cuando en 1933 un avión de combate de las Fuerzas Aéreas peruanas que participaba en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en plena selva. Fallece el piloto, y el mecánico queda malherido. Los indios, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del herido cuidando de él toda la noche.
Fue entonces cuando Graña toma una decisión con la que alcanzaría una fama imperecedera. Embalsama el cadáver con la ayuda de los indígenas, ordena recoger los restos del hidroavión y los embarca junto al ataúd en una balsa. En otra, monta un segundo avión de la misma cuadrilla que había sufrido desperfectos tras el amerizaje de emergencia, aunque sin víctimas. Y con esa frágil flota se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo de Manseriche.
Con ayuda o no de su espíritu protector, lo cierto es que logra su objetivo, y más de una semana después llega a Iquitos, donde le recibe una multitud impresionada ante la valentía de ese hombre que se había jugado la vida para entregar el cadáver a la familia del piloto. Una familia de gran alcurnia que, agradecida, contribuyó sin duda a que poco después el Gobierno peruano reconociese oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro y la explotación de sus salinas. Alfonso I, Rey de la Amazonia había dejado de ser el apodo acuñado por Víctor de la Serna para convertirse en una realidad. Aquel piloto se llamaba Alfredo Rodríguez Ballón, y el aeropuerto de la ciudad peruana de Arequipa lleva hoy su nombre.
Alfonso Graña no pudo disfrutar mucho de su gloria. El misterio de la causa y el momento de su muerte se mantendría hasta que Maximino Fernández localizó una carta firmada por Luis Mairata, un español residente en Iquitos, y enviada al capitán Iglesias Brage en diciembre de 1934: "Le supongo enterado de que el pobre Graña murió el mes pasado", dice, "cuando se dirigía a su fundo del Marañón. El pobre padecía cáncer de estómago y no tuvo remedio".
Murió en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. Su gran amigo Cesáreo Mosquera se había marchado el mes de junio de ese mismo año a España, con intención de quedarse. De la Serna le dedicó en enero de 1935, en el periódico Ya, un inspirado obituario: "Detrás de su alma en tránsito", escribió; "detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal". Poco después, la Guerra Civil se llevó por delante, entre tantos sueños, el de la Expedición Iglesias al Amazonas. Y casi se lleva también a Mosquera, que, republicano confeso, huyó a Portugal, y de ahí, de nuevo, a Brasil. Nunca regresaría a España. Murió en Iquitos en 1955. Hoy, su librería sigue ahí, aunque con el nombre cambiado. Se llama Tamara.
  / eL pAÍS

domingo, 23 de febrero de 2014

Relación de nuevos cofrades del XLVII Capítulo General de la Enxebre Orde da Vieira


Relación de nuevos cofrades:

Ver convocatoria general Capítulo XLVII
Ver relación de Madrigallegos 2014

Ángel Basanta Folgueira
Presidente de la Asoc. Española de Críticos Literarios. Docente y escritor.
Madrid

Román Blanco Reinosa 
Presidente y Consejero Delegado del Banco de Santander en USA
Boston

José Manuel Brandariz Pan
Presidente de la Asociación de Empresarios Gallegos en USA
Miami

Ana Cristina Carrodeguas
Alcaldesa consorte de Miami, con su esposo el Alcalde Tomás Regalado
Miami

Carmen Díez Martín
Catedrática de Piano.
Madrid
  
Pablo Dovalo López 
Presidente de la Asociación de Acordeonistas Rías Baixas
Pontevedra

Rafael Dovalo López 
Empresario, músico y compositor
Helsinki

Manuel Gómez-Franqueira Álvarez
Presidente del Grupo COREN
Orense

Wolfgang Illmer 
Empresario de la Comunicación
Hannover

Takeshi Kakihara
Profesor titular de español y de gallego. Escritor
Osaka

Carmelo Lisón Tolosana
Antropólogo y escritor
Madrid

Xurxo Lobato Sánchez 
Fotógrafo y escritor
A Coruña

Santiago Martínez Lage 
Presidente bufete  jurídico. Escritor
Madrid

Mª Antonia Otero Quintas 
Presidenta de un grupo de empresas.
Madrid

Roberto Prieto Cerdeira 
Delegado de la Agencia Espacial Europea
Holanda

José Manuel Sieira Miguez 
Presidente de la Sala 3ª del Tribunal Supremo. Escritor
Madrid

Antonio Rodríguez Miranda
Secretario General de Emigración. Xunta de Galicia
Santiago


martes, 4 de febrero de 2014

Galicia, nai e señora: XLVII Capítulo General da Enxebre Orde da Vieira


XLVII CAPÍTULO GENERAL DE LA ENXEBRE ORDE DA VIEIRA
Madrid, sábado 1 de marzo de 2014, a las 20 horas en el Hotel Meliá Castilla




¡Galicia!, Nai e Señora,
sempre garimosa e forte;
preto e lonxe; onte, agora,
mañán... na vida e na morte.
Ramón Cabanillas

Con el siguiente programa:
Finalizaremos con el ritual de la queimada oficiado por el maestro queimador Fernando Gómez y coreado por toda la concurrencia al grito de "¡meigas fora!".

---------------------------------

Serán distinguidos como "Madrigallegos de Oro 2014":

Haced ya vuestras reservas en el correo: ordenvieira@gmail.com



jueves, 23 de enero de 2014

Aegama entrega su VIII Premio Victoriano Reinoso a D. Ángel Ron, Presidente del Banco Popular


Ángel Ron junto a su mujer, la viuda de Victoriano Reinoso y Julio Lage / SMD
Ver también: Distinciones 2013

La Asociación de Empresarios Gallegos en Madrid (Aegama) ha celebrado su gala anual, en su octava edición, en la que el presidente de Banco Popular ha sido premiado con una concha de vieira de plata por su carrera profesional. El acto ha contado con la presencia del Presidente del Consejo de Estado José Manuel Romay, la ministra de Fomento Ana Pastor y el Consejero de Economía e Industria de la Xunta de Galicia, Francisco Conde López

José Ramón Ónega, Francisco Conde, José M. Romay, Ana Pastor
Ángel Ron, Julio Lage y Francisco Cal
La gala, que reunió cerca de trescientas personas de diferentes empresas españolas, estuvo dirigida por el reconocido periodista Fernando Ónega, quién con un humor afinado esbozó la vida del banquero gallego Ángel Ron como “el hombre que pasó del archivo a la presidencia”. Nacido en Santiago de Compostela, ha sido el empresario más joven en acceder al cargo de presidente en la banca española. Y Aegama ha querido reconocer su brillante trayectoria profesional con este galardón.

Julio Lage, presidente de Aegama, fue el encargado de presidir la gala y quiso poner de manifiesto los “logros profesionales, y principios y valores de Ron, que se han trasladado al grupo Popular”.

“Ángel Ron es un profesional en virtud del esfuerzo, sacrificio y sensatez”, añadió Lange, “y le otorgamos este premio por su precoz, brillante, dilata y excelente trayectoria profesional, nacional e internacional, por su visión de futuro y de valentía”. De su carrera han querido destacar la aplicación de políticas de innovación, en recursos humanos por ejemplo al potenciar la igualdad de hombres y mujeres y excelente gestión de transparencia y gestión empresarial. Y sobre todo en su actitud y buena conducta en los momentos de la crisis”.

Aegama instituyó, hace varios años, el premio Victoriano Reinoso, dirigido a distinguir la mejor trayectoria empresarial de un gallego en la Comunidad de Madrid. El premio se creó en memoria del gran emprendedor gallego, presidente de Unión Fenosa quien falleció a la edad de 53 años el pasado 2002.

Durante la gala también se recordó la fusión del Banco Pastor con el Popular. “Además de un banquero sensato, ha sido valiente. Cuando muchos de integraban en otros grupos, lanzó una inyección de capital con la que pudo continuar hacia delante y recapitalizar el banco sin ayudas públicas, posicionándose en un lugar de solvencia”, señaló el presidente de Aegama.

Banco Popular Español, el tercer grupo bancario nacional por capitalización, se fusionó con el gallego Banco Pastor en 2011, cuando este se encontraba afectado por la crisis. Sin embargo, poco después, gracias al compromiso del Popular, Banco Pastor volvió a ser una identidad independiente.

Las PYMES son el futuro de España
Cristina del Valle, Manuel Domínguez,
Francisco González y Pedro Mateache
A la línea de la biografía de Ron, las ayudas del Banco Popular a las pequeñas y medianas empresas y su presencia en Estados Unidos y Latinoamérica han sido algunos de los aspectos más recordados durante el acto. El propio Ángel Ron señaló durante su discurso que “Las PYMES son el futuro de España y su esfuerzo y el Banco Popular quiere estar con ellas y forjar relaciones a largo plazo”.
Las palabras de Ángel Ron fueron bien acogidas por el público asistente. “El jurado ha querido reconocer en mi persona el mérito de todos los que forman el Banco Popular. Me enorgullece en muchos motivos, por la institución quién lo concede, el ejemplo de empresario al que se recuerda y por estar rodeado de profesionales quienes gozan de mi admiración y respeto”.

Galicia, protagonista de la noche
Por su parte, el Consejero de Economía e Industria de la Junta de Galicia, Francisco Conde López, quiso destacar el “talento, trabajo incansable y las decisiones prudentes que tomó el banquero siempre con solvencia”.  El consejero continúo sus palabras señalando la situación económica de Galicia, siendo una de las comunidades con mayor mejora. “Ángel Ron respira las mismas virtudes que el Banco Popular, un banco atado a Galicia y al Pastor y que nos hace mirar al futuro con mayor confianza”, concluyó.
 La ministra de Fomento Ana Pastor fue la encargada de poner el cierre al magnífico acto y volvió a retomar la confianza depositada por el Banco Popular en las pequeñas y medianas empresas, “imprescindibles para recuperar la solvencia de España”. Tampoco faltaron los halagos al santiagués, quien “siendo joven llego al Banco Popular como becario y gracias a su prudencia, talento, esfuerzo y trabajo duro ha conseguido llegar donde ahora se encuentra”, finalizó la ministra.
Cambio16/Sandra Martín Duque

miércoles, 15 de enero de 2014

Diez personajes del Camino: Gotescalco

  
Adán, Eva y la serpiente: Imagen tomada de la edición facsímil del códice Albeldense

De Virginitate Mariae, un best-seller toledano en la Europa visigoda.
    9.2.- Gotescalco.- El obispo de Le Puy, Gotescalco, fue el primer peregrino extranjero cuyo viaje está bien documentado. Dice la Crónica de Albelda que por motivo de oración saliendo de Aquitania con una gran devoción y acompañado de una gran comitiva, se dirigía apresurado a los confines de Galicia para implorar humildemente la misericordia de Dios y el apóstol Santiago. Gotescalco y su séquito viajaron a Santiago a finales del año 950 y regresaron al año siguiente.

      Gotescalco estaba predestinado a peregrinar a Santiago: había nacido un veinticinco de julio y en un veinticinco de julio había recibido la ordenación sacerdotal. Pero quizá su viaje hubiera quedado en el anonimato, como otros muchos de la época, si no fuera por su deseo de conocer textos sacros de autores hispanos. El obispo pasó por Albelda, y sabiendo de la existencia de varios libros que deseaba conocer (entre ellos el De Virginitate Mariae, obra de Ildefonso de Toledo), aprovechó para pedir que le hicieran una copia mientras él viajaba a Compostela. Así quedó constancia del encargo, del viaje y de los motivos que le impulsaron a emprender tan largo camino.
Ver también: Carlomagno

miércoles, 1 de enero de 2014

De Asís a Compostela: 800 Aniversario de la venida de San Francisco de Asís a Santiago de Compostela


Logotipo oficial de la conmemoración del octavo centenario de la venida de San
Francisco de Asís a Compostela, diseñado por el artista lalinense Antón Lamazares.

Un buen día, entre noviembre del año 1213 y la Semana Santa del 1215, el Santo de Asís debió presentarse en Compostela.

La reciente victoria de los reinos cristianos sobre las huestes del califa almohade Muhammad An-Nasir en las Navas de Tolosa, y su inmensa repercusión en el mundo cristiano, debieron animar al joven Francisco a cruzar el estrecho de Gibraltar y dirigirse a tierras africanas: Partió a pie de Italia, atravesó Francia y llegó a España, donde le sobrevino una gravísima enfermedad que le obligó a volver a Italia.

La historia no nos acara si San Francisco llegó realmente a Compostela, pero las numerosas leyendas dejadas tras de sí nos animan a pensar a que sí lo hizo. Habría sido hacia 1214, hace ahora 800 años.

Estamos viviendo años de recuerdo y de simpatía por un hombre cuyas ideas marcaron nuestras conciencias y cuyo ejemplo parece revivir en un mundo con frecuencia demasiado ocupado en las cosas vanas. Los gallegos nos congratulamos con el nuevo Papa Francisco y con nuestro franciscano Padre Carballo. Éste es el momento de abrir nuestros corazones a un hecho tanto espiritual como cultural que marca el espíritu del medievo y extiende su impronta de sencillez hasta el presente.

Alegrémonos pues con este 800 aniversario de un acontecimiento que tantas recuerdos ha dejado en Galicia y en el resto de España.

Basílica de San Francisco de Asís, Italia.

San Francisco de Asís, vida breve

Pedro Sembrador

El acontecimiento más maravilloso quizá de la historia del Catolicismo en la Edad Media, es la aparición en el mundo, del Seráfico Patriarca San Francisco de Asís, pues de cuantos Santos se dieron a la Vida Perfecta, ninguno como él llegó tanto a la perfección del cristianismo primitivo.
El conocimiento de la vida de San Francisco nos es de gran valor pues despierta en nosotros el deseo de copiarla tanto como podamos, ya que él fue en su juventud, como nosotros, dado a las cosas terrenales; buscó después una vida más elevada como tantos de nosotros por la Gracia de Dios la buscamos y llegó por fin a vivir plenamente la Vida Perfecta. Su vida así puede dividirse en 3 períodos.
Los 3 períodos de la vida de San Francisco.
El primer período de la vida de San Francisco, es el de su vida mundana; duró hasta los 20 años; en ellos más que pensar como debe hacerlo todo cristiano, en acercarse a Dios, en servirlo, se dedica a disfrutar de los múltiples atractivos que el mundo proporciona a todo aquel que tiene dinero para pagados.
Después de este primer período, viene un segundo que dura 7 largos años en los que Francisco habiendo comprendido que el fin del hombre es algo más elevado que buscar y disfrutar los placeres mundanos, anhela una vida superior y después de buscar equivocadamente varias veces su camino, ya en la carrera de las armas, ya cuidando a los leprosos, ya reconstruyendo materialmente las iglesias de San Damián, de San Pedro y de la Porciúncula, acaba por darse cuenta de que Dios lo llama para dar al Mundo ejemplo de vida cristiana, principalmente de la virtud de la pobreza y apartarlo así del deseo desordenado de riquezas y placeres que tanto lo alejan de Dios.
Y viene, en fin, el tercer período de la vida de san Francisco; período que dura 18 años, en los que, dedicado por completo al servicio de Dios, emprende la gigantesca obra de renovar la sociedad, para lo que funda las 3 Ordenes que deben revolucionar al mundo, conservando el espíritu cristiano en medio de la corrupción general y dando ejemplo de las virtudes cristianas.

EL PRIMER PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO.
20 años de vida mundana.
Nació San Francisco de Asís el día 26 de septiembre de 1182. Fueron sus padres el rico y ostentoso comerciante en telas Pedro Bernardone, apegado con exceso a la riqueza, y la virtuosa Picca.
El nuevo niño recibió en la pila bautismal el nombre de Giovanni (Juan) estando ausente su padre, pero cuando volvió, le dio el sobrenombre de "el Francés", en italiano Francesco, y Francisco en español, nombre que desde entonces conservó.
Pasó Francisco sus primeros años al lado de Picca quien lo educó con toda la piadosa solicitud de una madre cristiana que prepara un alma para el cielo. Ya mayorcito, confiaron sus padres su educación a los piadosos sacerdotes que dirigían la escuela de San Jorge.
Pero apenas llegado a los quince años, su padre lo asoció a sus negocios. Rodeado de riquezas, Francisco vestía suntuosamente, tenía dinero para derrochar y nunca faltaba a las ruidosas fiestas y opíparos banquetes que solían organizar los hijos de los comerciantes y hacendados de Asís.
Apenas tenía 18 años, cuando su esplendidez y prodigalidad unidas a su talento, arrojo y simpatía, hicieron que fuera el rey de las fiestas, de tal modo que entusiasmados los habitantes, de Asís lo proclamaron "Rey de la Juventud".
Dos años duró este triste reinado de Francisco. ¿Hasta dónde influyó en su alma esta vida de disolución? es cosa que no podemos precisar. Pero sí es un hecho que Francisco nunca llegó a apartarse completamente de Dios. Que a pesar de que a tan temprana edad llegó a lograr tantos honores, tanta riqueza, tantos placeres como sólo el hijo de un rey podría tener, él ni se ensoberbeció con ello ni se encenagó en el vicio. Esa vida de disipación que hubiera colmado las ambiciones del joven más poderoso y más ambicioso, nunca satisfizo los anhelos de su alma que, sin él saberlo, estaba sedienta. Sedienta de Dios.

EL SEGUNDO PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO
Siete años de dolorosa incertidumbre, en los que en una obscuridad angustiosa busca a Dios.
Pero la vida de placer que llevó Francisco hasta los 20 años, no satisfacía los anhelos de su corazón; su alma noble, delicada y cristiana, anhelaba algo más elevado, una vida superior.
¿En dónde la encontraría? ¿Cuál sería esa vida que satisfaría con creces todos sus anhelos? Francisco no imaginaba que tal vida sólo la encontrarla en Dios y no tuvo, como nosotros, la fortuna de que alguien se la anunciara. Fue así que en la más angustiosa obscuridad intelectual, busca durante siete años esa vida superior, hasta que al cabo de ellos encuentra resueltamente su camino a Dios.
Estos 7 años fueron de dolorosísimas equivocaciones, primero:
a) busca Francisco la vida anhelada en la vida de las armas, cayendo prisionero en el primer encuentro;
b) dura cautivo un año;
c)apenas de regreso en Asís se enferma, medita; cree deber insistir en la vida de las armas... no se le ocurre otra cosa.
d) parte a alistarse de nuevo al ejército, pero una vez llegado a Espoleto una voz misteriosa desaprueba su conducta y vuelve desconcertado a Asís.
e) emprende un viaje a Roma solicitando ayuda divina y ahí empieza a ver que Dios lo llama a servirlo, dando al mundo ejemplo de pobreza.
Orando en el Templo de San Damián, oye la misma voz de Espoleto que le dice: "reconstruye mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?". Francisco toma estas palabras en sentido material;
f) cree que debe emprender la reconstrucción del Templo de San Damián que está en ruinas; para ello se arbitra fondos vendiendo telas, lo que acarrea las iras de su padre que hace que renuncie a su herencia.
Ya en la mayor pobreza:
g) se dedica a cuidar a los leprosos;
h) se aplica a reconstruir él mismo 3 Iglesias;
i) pero no es sino hasta el cabo de 7 años de dolorosa búsqueda cuando se da cuenta de que las palabras oídas debe entenderlas en el sentido espiritual; que él sólo encontrará la vida a que Dios lo llama, emprendiendo la reconstrucción espiritual de la Iglesia en el mundo entero, dedicándose al apostolado del Santo Evangelio; dando ejemplo de pobreza extrema y encausando a otros a que den igual ejemplo.
Meditando en todo lo que sufrió tan grande Santo para encontrar su camino a Dios, nos damos cuenta de que nunca sabremos agradecer bastante a Dios el que a nosotros, miserables pecadores, nos haya proporcionado en la bendita Tercera Orden, un camino tan fácil y tan excelente para servirlo, para satisfacer plenamente nuestros anhelos de adelanto espiritual.
Es conociendo todo lo que San Francisco sufrió para encontrar la vida a que lo llamaba Dios, como estimaremos debidamente el haber tenido la suerte de encontrar esta bendita Asociación; y es por esto que vamos a exponer, aunque lo más brevemente posible, algunos pasos del largo calvario que durante 7 años tuvo que recorrer San Francisco.
Francisco busca una vida superior en la vida de las armas.
Acabamos de decir que la vida de placer que llevó Francisco hasta los 20 años, distaba mucho de satisfacer los anhelos de su corazón; él deseaba vivir una vida superior. Natural era que, influenciado por los cantos guerreros de los trovadores provenzales, lo primero que al pensamiento le viniera fuera buscarla en la vida de las armas, y así lo hizo.
Aún no cumplía Francisco los 20 años, cuando la ciudad de Asís entró en guerra con Perusa, cuyo triunfo parecía asegurado de antemano, por haber logrado aliarse con una docena de grandes feudatarios.
Si Francisco hubiera sido un ambicioso vulgar, seguramente que hubiera abrazado el partido de dichos feudatarios, pero sin oír más voz que la de la justicia y el derecho del oprimido, se alistó con los suyos.
No fue larga su jornada. En 1201 los milicianos de Asís, más arrojados que prudentes, salieron con banderas desplegadas al encuentro del enemigo. Tras un combate encarnizado y sangriento en Ponte San Giovanni, llevaron los perusianos la victoria. Francisco, sorprendido con varios de sus compatriotas, cayó con ellos en poder de los contrarios y fueron llevados a Perusa, donde fueron encerrados y donde permanecieron en cautiverio durante todo un año.
Francisco dura cautivo un año y de regreso a Asís, enferma y medita.
Aunque tanto la derrota como el cautiverio fueron incidentes bastante diferentes de las aventuras caballerescas que su imaginación había forjado, Francisco nunca perdió su buen humor; fue él quien durante todo ese tiempo consoló y animó a sus compañeros que no comprendían cómo, estando en la cárcel, podía estar tan contento.
Recobró su libertad al cabo de un año; pero el largo encierro y la forzada inactividad habían minado su salud, que apenas de regreso en la casa paterna enfermó, poniéndolo una fiebre violenta, en peligro de terminar sin gloria su carrera mortal.
Aquella enfermedad, sin embargo, señaló el principio de su verdadera vida; porque en aquellas largas semanas que yació en el lecho del dolor, empezó a entrever, no sin angustia de su espíritu, la posibilidad de una vida harto diferente de la que hasta entonces concibiera, consagrándose a Dios y a la consecución de los bienes eternos. Era como el lejano rumor de las olas para el que nunca ha contemplado la inmensidad de los mares.
El espíritu de Francisco quedó desde entonces turbado y esta turbación no había de dejarlo hasta el momento en que encontrara resueltamente su camino a Dios.
Parte Francisco de nuevo a la guerra.
Restablecidas al fin sus fuerzas, no tardó en sentir de nuevo la necesidad de actuar. Pronto se le ofreció una ocasión propicia: la guerra empeñada entre el Papa Inocencio III y el emperador de Alemania por la regencia de las dos Sicilias.
Francisco, ardiendo de entusiasmo, piensa en armarse caballero y alistarse en los ejércitos de S.S. el Papa; una vez resuelto, se equipa magníficamente, de manera digna de sus ambiciones.
Llegado el día de la partida, complacíase sobremanera en el esplendor inusitado de su porte, cuando vino a descubrir un caballero, cuyo vestido raído, indicaba una gran pobreza. Parecióle entonces ignominioso que un hombre de tan alta condición vistiera de Modo tan miserable y resueltamente se despojó de su manto, de su túnica suntuosa y de todos sus costosos atavíos y los entregó a aquel caballero desconocido.
Aquella noche tuvo Francisco un sueño dulcísimo: soñó que se encontraba en un hermoso palacio adornado de armas caballerescas en el cual moraba una bellísima desposada y oyó una voz que le decía: "Todo esto es para ti y para los que te sigan".
Francisco ve que ha errado su camino y vuelve a Asís.
Alentado por aquel sueño, toma Francisco el camino de Espoleto, a donde pernocta; y estando ya adormecido, oye otra vez la misteriosa voz que le dice: "Francisco, ¿a quién es mejor servir, al Amo o al criado?" y como él contestase: "Sin duda es mejor al Amo", prosigue la voz: "¿Por qué, pues, conviertes al Amo en criado?", con lo que se iluminó su alma y dijo humildemente: "Señor, ¿qué quieres que haga?" -"Vuelve al lugar de tu nacimiento", ordenó la voz, "y ahí se te dirá lo que debes hacer porque te conviene dar diferente significación a este sueño".
Despierto del todo, Francisco, considerando estas palabras, renuncia a sus sueños de ambición humana, se levanta con el alba, monta a caballo y regresa a Asís a esperar se le aclare el enigma de su porvenir.
Francisco comienza a pensar en "su Dama la Pobreza"
En espera de la orden prometida, volvió Francisco a ocuparse en los negocios de su padre, aunque no con el mismo entusiasmo; halló otra vez su lugar entre los jóvenes de la ciudad cuyos banquetes volvió a presidir y después de los cuales empuñaba el bastón de mando y salían por las calles de la ciudad cantando estrepitosamente. Pero él ya no participaba de tales regocijos con el corazón como en los tiempos pasados.
Una noche, como cayese en silenciosa meditación, le dijeron sus amigos: "¿Amor tenemos, Francisco? ¿Has descubierto por fin la doncella que ha de ser tu esposa y pasas la noche y el día pensando en su belleza y en sus encantos?" Francisco, volviendo en sí, repuso con gravedad inesperada: "Sí, en verdad, estoy pensando en tomar por esposa la doncella más noble y más rica que jamás habéis visto"; él se refería ya a la que más tarde llamaría "su Dama la Pobreza".
A partir de ese día se vuelve Francisco más pensativo y poco comunicativo; buscaba consuelo en la oración e iba a socorrer ocultamente a los pobres. Era presa de las mayores angustias que le producía el sentir nuevos deseos y verse incapaz de darse cuenta de ellos y no poder así realizarlos, exhalaba con frecuencia fuertes gemidos.
Entre los múltiples pensamientos que en él fermentaban había uno que si bien como a través de una niebla que siguiera obscureciendo su inteligencia, iba tomando forma gradualmente: era preciso renunciar al bienestar y a la ostentación y a todo proyecto ambicioso.
En busca de luz Francisco resuelve Ir a Roma y ahí mendiga por primera vez.
En su perplejidad Francisco resuelve ir en calidad de peregrino a Roma, como tantos peregrinos que pasaban por Asís llevando consigo sus deseos, sus temores, sus penas, para confiarlos a los Santos Apóstoles Pedro y Pablo cuyos cuerpos descansaban en la Colina Vaticana.
Se acercó así a ellos no dudando que los Santo Apóstoles habían de darle luz y consuelo. Llevaba consigo valiosas ofrendas para depositarlas en el santuario apostólico como pensaba acostumbrarían hacer los peregrinos; pero grandes fueron su sorpresa y disgusto, al observar con cuanta parsimonia se hacían las ofrendas. Hastiado de los avaros peregrinos se apartó de ellos y puso en manos de los pordioseros inoportunos que se agolpaban en las puertas de la Basílica, cuanto llevaba.
Se apoderó entonces de él un deseo de compartir con los pobres sus sufrimientos y de saber por experiencia propia cual era su vida; y sin titubear cambió sus ricos trajes por los harapos de un pobre y vestido con ellos pasó todo el día a la puerta de San Pedro pidiendo limosna a los que entraban y salían.
El beso al leproso.
Cuando Francisco volvió de su viaje a Roma, traía un gran deseo de compartir con los pobres sus sufrimientos y de saber por experiencia propia cuál era su vida. Entre los más desgraciados de ellos, se distinguían los leprosos.
Cierto día que Francisco regresaba a Asís a caballo, le pidió una limosna uno de ellos. En otro tiempo le hubiera arrojado un puñado de monedas y espoleado su caballo; pero esta vez desmontó, puso su limosna en las manos de aquel miserable y tomándolas entre las suyas, imprimió un beso en ellas.
Desde aquel momento quedó sellado el pacto de una nueva vida. Francisco se creyó llamado especialmente a cuidar leprosos, cuyas chozas desde entonces frecuentó no ya secretamente, pues en aquella época en Asís era mal visto dar limosna a los pobres, sino que lo hacía a plena luz del día y nunca olvidaba besarles la mano al entregarles su ofrenda.
Repara mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?
Cierto día que Francisco oraba en el templo de San Damián, oyó una voz que parecía venir del Crucifijo y que decía: "Repara mi Iglesia, ¿no ves que se derrumba?", Creyendo que ésta era la orden que se le había anunciado en Espoleto y tomándola al pie de la letra, se dirige a su casa, toma varias piezas de riquísimas telas y montando a caballo camina hasta Foligno donde vende sus mercancías y su cabalgadura y vuelve a entregar al Cura de San Damián el producto de aquella venta, para costear las obras de la iglesia, pidiendo al mismo tiempo licencia para vivir ahí con él. El señor Cura, que conocía bien a Pedro Bernardone, temiendo algún disgusto, no aceptó la limosna, que entonces Francisco dejó en una ventana; pero sí le permitió viviera con él.
Al enterarse Pedro Bernardone cuando regresó de su viaje de la conducta de Francisco, se llenó de cólera e indignación, resolvió poner término cuanto antes a tanta locura y acompañado de algunos amigos fue a la iglesia de San Damián.
Francisco, temiendo la cólera de su padre y sobre todo su maldición, corrió a esconderse a una cueva en la que permaneció durante un mes, en la más completa soledad, constantemente en comunión con Dios. Ahí aprendió que era indigno de la grandeza del Señor a quien servía, andar oculto por miedo a los hombres, y así se resolvió, poniéndose en las manos de Dios, a salir de la cueva e ir a Asís.
Tan pronto cuanto lo vio su padre, descargó su furia en denuestos, lo arrastró a la casa y ya en ella le dio durísimos azotes y lo encerró en una habitación obscura, pensando así acabaría con las extravagancias de Francisco, que ponían en descrédito el nombre de Bernardone; y cuando algunos días después tuvo que ausentarse por sus negocios, quiso asegurarse poniéndole esposas en manos y pies.
Francisco se desposa con su"Dama Pobreza"
Pero viendo Picca que era en vano tratar de hacer desistir a Francisco de lo que él creía era la voluntad del Altísimo, lo puso en libertad.
Cuando volvió Bernardone reprendió duramente a su esposa y cegado por la rabia, salió en busca de su hijo esperando todavía reducirlo a la obediencia. ¡Mas cuál no sería su asombro al ver que Francisco salía a su encuentro sin revelar temor ni desconfianza! Pedro lo increpó duramente y aún llegó a golpearlo, pero convencido al fin de que no lo dominaría, se retiró furioso.
Entonces se le ocurrió exigir de Francisco que renunciara a la herencia a la que las leyes de entonces le daban derecho.
Al efecto, citó a Francisco primero ante los tribunales civiles, después ante el Obispo Guido. Compareció Francisco ante él y una vez enterado de lo que exigía de él su padre, dijo al Obispo: "Señor, todo lo entregaré a mi padre, hasta mis vestidos" y despojándose de ellos, agregó: "escuchad todos; hasta ahora he llamado padre a Pedro Bernardone; mas siendo ahora mi intención servir a Dios, le devuelvo su dinero así como los vestidos que de él recibí, porque de hoy en adelante quiero decir ¡Padre nuestro que estás en los Cielos! y no padre mío Bernardone".
Pasaba esto en uno de los primeros días del mes de abril de 1207. Ese día marcó un paso gigantesco más de Francisco hacia Dios. Ese día de abril fue un día de paz. Francisco se había desposado con la novia que con fidelidad tan constante había buscado por tanto tiempo. i Francisco se había desposado con su Dama la Pobreza!
Francisco vive con los leprosos, hace su primer milagro y reconstruye 3 iglesias.
Pero Francisco no había hallado aún plenamente su camino, le faltaba otro paso más: dar su verdadero significado a las palabras "reconstruye mi iglesia". Dos años más de sacrificios e incertidumbres, fueron necesarios para que pudiera lograrlo.
En estos dos años, primero se alejó de Asís hasta más allá del Monte Subasio, Llegó a Gubbio en donde visitó las leproserías e hizo sus delicias habitar con los leprosos, a quienes cuidaba lleno de caridad limpiando sus llagas y consolando sus almas en sus profundas melancolías.
Fue entonces cuando Francisco hizo su primer milagro, que consistió en que quedó curado instantáneamente un hombre que padecía un cáncer espantoso que le había comido la boca y parte de las mejillas, tan pronto como San Francisco, lleno de conmiseración hacia él, lo abrazó y le besó en el rostro.
Pero pronto Francisco tuvo que abandonar la leprosería de Gubbio, pues las palabras "Ve y repara mi Iglesia" continuamente resonaban en sus oídos. Todavía no pensaba que ellas se referían a la Iglesia de las almas vivientes, la que debía ayudar a restaurar en todo su esplendor y su belleza; y tomándolas todavía en sentido material, resolvió volver a Asís a restaurar, no como en otra ocasión, con su dinero, sino con sus propias manos, la iglesia de San Damián.
Y una vez reconstruida esta iglesia, emprendió la reconstrucción de dos iglesias más que estaban también a las puertas de Asís: una Capilla dedicada a San Pedro que ya no existe en nuestros días y después otra Capilla antiquísima, edificada en el año 352 por unos hermanos legos de Palestina.
Se llamaba esta Capilla en un principio, Santa María de Josafat. Después se le llamó la Porciúncula a causa de que, cuando San Benito la hizo restaurar, pidió una pequeña porción de tierra (porciúncula en italiano) a su alrededor, donde construyó unas celdas; después, en fin, se le llamó de Nuestra Señora de los Angeles, en memoria de las apariciones celestiales que ahí ocurrieron.
Francisco encuentra al fin su camino a Dios.
Los comentadores de la Vida de San Francisco, ven en la reedificación de las 3 iglesias simbolizada la restauración de la Iglesia por medio de las 3 Ordenes que había de establecer San Francisco.
Terminada la reconstrucción de la Porciúncula, Francisco vuelve a su perplejidad esperando las órdenes del Señor que al fin llegaron inesperadamente.
Esto fue el último día de febrero de 1209. Se celebraba la Santa Misa en la Capilla de la Porciúncula. Francisco la ayudaba. Al llegar al Evangelio, el Sacerdote leyó estas palabras: Id y predicad diciendo: ya se acerca el reino de los cielos... no lleváis oro ni plata, ni dinero alguno en vuestros bolsillos, ni alforja para el viaje, ni más de un vestido, ni calzado de repuesto, ni tampoco báculo...
Francisco escuchó como siempre atentamente la lectura del Evangelio y esta vez el texto sagrado descorrió el último velo que nublaba su inteligencia y al punto exclamó sin titubear: "he aquí lo que yo buscaba; he aquí lo que anhelaba mi corazón"; y con su natural espontaneidad, arrojó el bastón; se quitó el calzado, se desnudó y por parecerse a su maestro crucificado, se cortó un hábito en forma de cruz; en vez de una tira de cuero, se ciñó a la cintura una cuerda y se sintió así armado caballero, Caballero de Cristo.
Desde aquel momento sus sueños de aventuras caballerescas se tornarón realidades; cree firmemente que no puede existir Orden de Caballería más noble que la suya, que tiene por enseña a Cristo y a la pobreza por Dama de sus pensamientos. .
En el futuro, recorrerá el mundo en busca de almas que deseen ser socorridas. Los poderes del mal que siembra enemistades entre Dios y los hombres y entre hombre y hombre, serán los malandrines contra los cuales combatirá. En todo lugar proclamará el reino de Dios y de su paz y en su amor a los pobres hallará fuerza y valor para seguir a Cristo.

TERCER PERIODO DE LA VIDA DE SAN FRANCISCO
18 años de servicio a Dios, de incomprensiones y desilusiones.
Los hechos más notables de este tercer período de la Vida de San Francisco.
Fueron de tal actividad los 18 años del tercer período de la vida de San Francisco, que querer describirlos siquiera brevemente, nos llevaría fuera de los límites asignados a esta breve relación.
Ninguna vida de ningún Santo fue de tanta actividad, de tanta variedad como la suya; pero seguramente que de todas sus actividades, las más importantes fueron la fundación de sus 3 Ordenes religiosas. Vamos a referirnos brevemente a ellas y mencionaremos también con la mayor brevedad posible: sus misiones apostólicas, sus sacrificios, sus enfermedades, sus sufrimientos, principalmente a causa de las incomprensiones y desilusiones que encontró en su obra y finalmente hablaremos de su gloriosa muerte.
FUNDACIÓN DE LA PRIMERA ORDEN
Pocos días después de aquella memorable lectura del Evangelio, comenzó Francisco a ir todos los días a la ciudad.
La inspiración divina le inflamaba y aguijoneaba. A los que encontraba a su paso los saludaba afectuosamente con estas palabras: "Hermanos, el Señor os de paz" y se acercaba a muchos de ellos y les hablaba con sencillez, fervorosamente, sobre el Reino de Cristo, sin predicarles propiamente sermones.
Fue así como fueron adhiriéndose a él algunos discípulos. Tocó en suerte ser el primero a Bernardo de Quintaval, varón riquísimo y principal; le siguieron después Pedro de Catania, Canónigo de Asís; Egidio, conocido por Fray Gil, hijo de un propietario de la ciudad, etc. Francisco no les impuso largas prácticas; le bastaba una prueba para recibirlos: que renunciaran a todos sus bienes y que se decidieran a ir a pedir su sustento de puerta en puerta.
Francisco no esperó tener muchos discípulos para dar principio a su campaña apostólica; tan pronto como reunió algunos de ellos, empezó a enviarlos a misionar de dos en dos por los valles del Apenino y los llanos de Umbría de las Marcas y de Toscana.
Su punto de reunión era la Porciúncula. Cuando llegaron a 12, consideró Francisco que era llegado el momento de constituir formalmente su familia religiosa y al efecto escribió una Regla compuesta de algunas sentencias del Evangelio en la que además de los 3 votos ordinarios de pobreza, obediencia y castidad, se prescribía la renuncia de toda posesión aún en común.
En cuanto la hubo terminado, lo que fue durante el mes de mayo de 1209, partieron todos para Roma buscando la aprobación de Su Santidad el Papa Inocencio III.
Los Cardenales pusieron para ello muchas dificultades y el Papa, a pesar de su buena voluntad, sólo dio a Francisco esperanzas de que algún día sería aprobada; pero Dios vino en ayuda de Francisco inspirando al Santo Padre un sueño, en el que vio que la Basílica de Letrán, madre y cabeza de todas las Iglesias, amenazaba gran ruina y se venía ya al suelo, cuando un pobrecito, vestido de tosco sayal, descalzo y ceñido por recia cuerda, ponía sus hombros debajo de las paredes de la Iglesia y la enderezaba de tal manera, que parecía luego más recta y sólida que nunca.
Otra vez fue el Santo al Palacio de Letrán y expuso al Papa su demanda y viendo Inocencio III la humildad, pureza y fervor de Francisco y acordándose de la visión que había tenido, conmovido lo abrazó, lo bendijo así corra, a todos sus frailes, confirmó su Regla y les mandó que predicasen la penitencia. La Primera Orden había quedado formal y solemnemente fundada. Esto ocurría en el año de 1209.
Después de la aprobación de la Regia, no volvieron los frailes inmediatamente a la Porciúncula, sino que se establecieron no lejos de Asís, en una choza abandonada al borde de un famoso torrente que se llama Rivo Torto.
Unos pocos meses después, la Comunidad Franciscana volvió a la Porciúncula. Francisco rogó a los Benedictinos del Monte Subasio le dieran asilo para él y sus compañeros. Estos, gustosísimos, le cedieron la Capilla de Nuestra Señora de los Angeles, la casa contigua y algunas parcelas de terreno, a condición de que considerasen aquel convento como cuna de la Orden de Frailes Menores.
Poco tiempo después Francisco comenzó a predicar no sólo en las plazas de la ciudad, sino también en los templos; sus pláticas hacían tanto bien a quienes las escuchaban, que los mismos Canónigos le invitaron a que predicase en la propia Catedral los domingos.
FUNDACIÓN DE LA SEGUNDA ORDEN
Fue predicando en el Templo de San Jorge, en la Cuaresma de 1212, cuando una joven de la nobilísima familia de los Scefi llamada Clara, conoció a San Francisco. Al verle y oírle, se sintió llena de admiración y deseó tomarlo por Director Espiritual. Francisco supo despertar en Clara ansias y resoluciones de darse a la perfección. Al terminar la Cuaresma, ardiendo ya en impaciencia por entregarse a Dios, convino con él en que este acto se verificaría el domingo de Ramos, 19 de marzo de 1212, en la Capilla de la Porciúncula.
Y en efecto: mientras toda la ciudad dormía, Clara salió de la casa paterna, vestida como una novia en día de sus bodas y acompañada de su tía, se dirigió presurosa a Nuestra Señora de los Ángeles. Francisco le cortó ahí el cabello en señal de que renunciaba a las vanidades del mundo, le puso una vestidura muy burda, de color de ceniza, le ciñó una cuerda a la cintura y le cubrió la cabeza con un velo espesísimo. Clara entonces, jurando fidelidad a Cristo, lo tomó por esposo, prometiéndole seguirlo por el áspero Sendero de la penitencia.
Terminada la ceremonia, Francisco la condujo al Monasterio de San Pablo de los Monjes Benedictinos; pero a causa de dificultades tenidas con los padres de Clara, la hizo trasladar al convento del Santo Angel del Panzo, también de Benedictinos, edificado cerca de Asís.
Pronto daría Dios a Clara una compañera ideal: su hermana Inés; una jovencita de 14 años, pura como un lirio, mansa como una oveja.
Después de poner el velo a Inés, el Santo fundador dio por habitación a las dos hermanas, la casa inmediata a la Iglesia de San Damián. Clara fue en ella la primera Abadesa Franciscana y pronto vio congregarse a rededor de su Callado, una falange de almas seráficas, entre las cuales merecen mencionarse a Hortulana, su propia madre, ya viuda, otra hermana suya, llamada Beatriz y aquella tía que tanto la acompañó para hallar su camino.
Así quedó fundada en el año 1212, la Segunda Orden de San Francisco para Religiosas enclaustradas, que entonces se llamó de las Dueñas Pobres y que con el tiempo se llamó de Clarisas.
Francisco les dio por Superiora a Clara, por Director a Fray Felipe Longo; quiso desde un principio que esta nueva familia, como la que ya tenía fundada, tuviera como piedra angular la más absoluta pobreza y en 1224 le redactó la Regla definitiva, que es una obra acabada de inspiración divina.
Actividades de San Francisco hasta la fundación de la Tercera Orden.
Las ambiciones apostólicas y el ardiente amor de San Francisco a los prójimos, lo empujaban incesantemente a procurar nuevas conquistas. Así, en el otoño del año de 1212, se embarcó en Ancona con ánimo de predicara los musulmanes. Una tempestad lo arrojó a las costas de Dalmacia de donde volvió penosamente a Italia.
En 1214, se propuso predicar en Marruecos. Partió a pie de Italia, atravesó Francia y llegó a España, pero ahí le sobrevino una gravísima enfermedad que le obligó a volver a Italia.
En 1215, celebró nuestra Santa Iglesia el IV Concilio de Letrán; Francisco, deseoso de asistir a él, pues precisamente uno de los puntos que el Concilio debía discutir, era el reconocimiento de nuevas Ordenes, hizo el viaje a Roma. S.S. Inocencio III renovó la aprobación de la Orden de los Menores como empezaban a llamarlos. Fue en esta ocasión cuando San Francisco conoció a Santo Domingo, el fundador de la orden de los Frailes Predicadores.
En 1219, habiendo repartido sus discípulos entre las provincias extranjeras que quería evangelizar, no se contentó con enviar sus amigos a Mauritania, Túnez, Egipto y Siria, sino que otra vez se embarcó él mismo para Palestina. Llegado ahí intentó convertir al Sultán de Egipto, llamado Melek el Kamel, el cual lo recibió muy cortésmente y aún lo escuchó con agrado, pero no consintió en mudar de Religión. Con esto se volvió Francisco a Italia después de haber tenido la fortuna de visitar los Santos Lugares.
Indulgencia de la Porciúncula.
En el año de 1216, contribuyó el Cielo con un favor extraordinario,a consolidar la 0bra humildemente comenzada en la Porciúncula, pues una noche que Francisco se hallaba orando en este templo, se le apareció Nuestro Señor Jesucristo en compañía de la Virgen María y le inspiró que fuera a ver al Papa Honorio III a Perusa, y le pidiera Indulgencia Plenaria para cuantos contritos y confesados, visitaran aquella Iglesia.
No obstante la oposición de los Cardenales, el Papa otorgó la Indulgencia, pero sólo para un día del año, el 2 de agosto, día de San Pedro Advíncula. Esta indulgencia fue después concedida por otros Santos Padres a todas las Iglesias Franciscanas y en nuestros días se ha hecho extensiva a otros muchos templos privilegiados.
Dificultades y decepciones.
Nos engañaríamos lamentablemente si creyéramos que todo en la vida de San Francisco fue fácil, que todo fue triunfos. Si su vida está llena de gracias y favores celestiales, también encontró en ella muchas desilusiones además de los sufrimientos físicos originados principalmente por las excesivas austeridades a que se entregaba.
Tuvo San Francisco muchas dificultades para encausar la Segunda Orden, principalmente a causa de que las autoridades eclesiásticas queriendo proteger su convento contra las necesidades de esta vida, no eran partidarias de la extrema pobreza de la que Clara, a semejanza de Francisco, quería hacer e hizo el carácter distintivo de sus Instituciones.
También algunos de sus discípulos de la Primera Orden dieron a San Francisco amargos sinsabores. Cada vez que volvía a Italia de alguno de sus viajes de misión, se encontraba con muy desagradables innovaciones, que iban contra el espíritu de extrema pobreza, de la que quería dieran ejemplo los Frailes Menores.
El quería que los frailes vivieran en chozas de adobes, que partieran para las misiones predicando penitencia y conversión, sin darse a estudios teológicos, que para orar, se recogieran en cuevas, en fin, que observaran puntualmente la pobreza evangélica.
Para aquellos discípulos del Santo, que estaban animados del genuino espíritu de su fundador, esta manera de vida les hacía realmente santos. Pero para los que no tenían ese espíritu, era motivo de rebelión.
Se hizo así necesario introducir un género de vida más estable, así como los estudios necesarios para poder predicar la moral a los hombres. A todo ello alentó a los Frailes Menores el Cardenal Hugolino, declarado "protector de la Orden" por el Papa Honorio III. Francisco, dando una vez más ejemplo de humildad, tuvo que admitir que había exigido demasiado a la naturaleza humana y accedió gustoso a las indicaciones del ilustre Cardenal.
FUNDACIÓN DE LA TERCERA ORDEN.
La predicación y ejemplo de San Francisco y de sus Frailes, había levantado radiante despertar de vida cristiana en Italia y en Europa entera. A más de tantos millares de almas fervorosas que habían abrazado la Regla de los Frailes Menores o de las Clarisas, miles y miles de personas que por estar ya casadas o tener una familia que sostener, no podían ingresar a los conventos, pedían a San Francisco que les ayudara a poder vivir la Vida Cristiana en toda su plenitud, a vivir la Vida Perfecta.
Mucho tiempo estuvo San Francisco meditando cómo podría lograrse esto; pero viendo que la vida en comunidad no era indispensable para la perfección, compuso, por inspiración divina, como él mismo nos lo dice, una Regla de Vida, para que los que desearan vivir más intensamente la Vida Cristiana, pudieran lograrlo, y aún ser religiosos, sin abandonar su familia ni sus negocios, para que pudieran vivir la Vida Perfecta.
Para llevar a la práctica la idea que había concebido, fundó una Asociación de Vida Perfecta, a la que dio el nombre de Tercera Orden. A los que entraban a ella no les exigía como a los Frailes Menores, que "vendieran todo cuanto tenían y lo dieran a los pobres" para hacer vida de pobreza material, pues eso no es compatible con la obligación de sostener y educar una familia; pero sí les exigía que fueran pobres de espíritu, es decir, que no desearan desordenadamente las riquezas, y que practicaran las principales virtudes de Nuestro Señor Jesucristo, especialmente la humildad, la penitencia y la castidad.
Además, les prescribió todas las obras que en honor de Dios, en bien propio y en provecho del prójimo son indispensables para vivir la Vida Cristiana en toda su plenitud, para vivir la Vida Perfecta.
En el año 1221, entraron los primeros cristianos a la Tercera Orden; éstos fueron el rico comerciante Luquesio y su esposa Bonna Donna, los que llegaron a tal perfección, que han merecido ser beatificados por nuestra Santa Iglesia.
Francisco imponía a los Terciarios, un Hábito igual al de los Frailes Menores. Andando el tiempo se les suprimió la Capilla o Capucha para que se distinguieran unos de otros. Después por motivos de comodidad, se acortó hasta la rodilla para los hombres; actualmente, a raíz del Concilio Vaticano II se llama Orden Franciscana Seglar y solo usan un escapulario grande y una cuerda.
El número de los Terciarios, ha ido por la gracia de Dios en aumento constante. Son más de 3 millones los que actualmente hay sobre la tierra y todos ellos tienen para su imitación, además de la vida de nuestro Seráfico Padre, el ejemplo de más de 100 Terciarios de todas clases y condiciones, que han sido canonizados o beatificados por nuestra Santa Iglesia.
Los primeros "Nacimientos"
En el mes de diciembre de 1223, San Francisco, que desde el año de 1219 había renunciado al gobierno de la Orden, sin por eso desentenderse de ella, vivía recogido haciendo vida contemplativa en una ermita del Valle de Rieti.
Fue ahí donde con licencia de S.S. el Papa celebró la fiesta de Navidad en una cueva en la que hizo poner una imagen del Divino Niño en un pesebre con paja, un buey y un jumento. En el mismo pesebre, hizo decir Misa con gran solemnidad de música y luces,
Este fue el primer nacimiento que se puso en la fiesta de Navidad. Desde entonces, fue tradicional en las Iglesias Franciscanas el representar en esta fiesta la cueva de Belén, hermosísima costumbre que después rápidamente se extendió en los hogares cristianos.
Los estigmas.
En el verano de 1224, dejó Francisco el Valle de Rieti y se recogió en una cueva del Monte Alvernia en medio de rocas rodeadas de espesos bosques.
Cierto día meditando como acostumbraba sobre la pasión del Salvador vio que bajaba del cielo y volaba sobre aquellas rocas, un ángel resplandeciente con 6 alas extendidas; 2 se levantaban sobre la cabeza del crucifijo que aparecía entre ellas,otras 2 se extendían como para volar, y las 2 restantes cubrían todo el cuerpo del crucificado. Oyó entonces una voz que le decía que el fuego del amor divino le transformaría en la imagen de Jesús crucificado. Al mismo tiempo sintió agudísimos dolores en sus miembros; unos clavos negros atravesaban sus manos y pies y de una llaga abierta en su costado derecho empezó a manar abundante sangre. Dios mismo se había dignado dar testimonio de la santidad de Francisco grabando en su carne las llagas del Redentor.
Ultimos días de San Francisco. Su gloriosa muerte.
En 1226, pasada la fiesta de San Miguel, que él tanto veneraba, Francisco se despidió del Monte Alvernia. Montado en un jumentillo, pues no podía ya caminar, se llegó poquito a poco a la Porciúncula, sembrando milagros por donde quiera que pasaba.
En la Porciúncula tuvo otra vez recias y dolorosas enfermedades. Consumido por los ayunos y abstinencias, abatido por frecuentes hemorragias, atormentado por una tenaz oftalmía, que trajo ya de Egipto y que lo dejó casi ciego, consintió que lo llevasen a descansar a una choza que para él levantó Santa Clara en el huertecillo de San Damián.
Ahí en medio de las tinieblas de la ceguera, acostado en pobrísimo camastro, hostigado por sin número de ratones, compuso aquel divino trovador el "Canto del Sol" o "Canto de las Criaturas".
Lo visitaron afamados médicos, pero empeoró el mal. Sintiendo que se acercaba su fin, se hizo llevar a Asís. Al avisarle el facultativo que ya le quedaban pocos días de vida, Francisco añadió al "Canto del Sol" una estrofa en la que alababa al Señor por nuestra hermana la muerte corporal.
A instancias del Santo, los magistrados dieron licencia para llevarle a Nuestra Señora de los Angeles, donde deseaba morir. Le llevaron en unas angarillas. Al pasar frente a Asís, se incorporó y la bendijo sollozando.
Ya en la Porciúncula, al sentirse morir, como verdadero amador de la pobreza y por ser semejante a Cristo, se desnudó y así se postró en tierra. Su guardián le dio un hábito que el Santo recibió como de limosna y prestado.
Todos los Frailes lloraban. Francisco los exhortó al amor de Dios, de la Santa Pobreza de la paciencia. Cruzados ya los brazos, dijo: "quedaos, hijos míos, en el temor del Señor y permaneced siempre en él. Dichosos serán los que perseveraron en el bien comenzado. Yo voy aprisa al Señor a cuya gracia os encomiendo". Y aguardó a la "Hermana Muerte" que ocurrió el 4 de octubre de 1226.
Al día siguiente, ya al clarear el alba, una comitiva a la vez dolorosa y triunfal, salía hacia Asís. Las muchedumbres acudían presurosas, para escoltar el sagrado cuerpo del Santo. El séquito se desvió con el fin de pasar por San Damián para que Santa Clara y sus monjas, tocasen y besasen las llagas del seráfico Patriarca. Sus reliquias fueron depositadas en la Iglesia de San Jorge.
Gloriflcación de San Francisco.
Tantos y tan estupendos milagros obró el Señor por intercesión del glorioso San Francisco, que ya a los dos años de su muerte, el Cardenal Hugolino, a la sazón Papa con el nombre de Gregorio IX, fue personalmente a la ciudad de Asís y con gran solemnidad lo canonizó y puso en el catálogo de los Santos.
Dos años después, en 1230, en el Capítulo General de Asís, trasladaron su sagrado cuerpo con solemnísimas fiestas a la suntuosa iglesia de su nombre recién edificada para recibirlo.