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miércoles, 21 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. El Epílogo

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El día después

Nuestras "Compostelas"

Un sentimiento contradictorio nos invadía. Mientras hacíamos cola para abrazar al Apóstol, comentamos los paradójicos pensamientos que ocupaban nuestras cabezas. Por un lado, felicidad absoluta. Habíamos cumplido la promesa y habíamos alcanzado un reto personal y de pareja que, al planearlo, nos dejó muchas dudas de si seríamos capaces. Lo fuimos. Hemos cumplido la promesa, porque, como dicen los versos del Eclesiastés, cumple pronto cuando a Dios hicieres promesa, porque Él no se agrada de los insensatos, mejor no prometas que prometas y no cumplas.

Pero por otro lado, nos sentíamos como vacíos. Y mañana ¿qué?. La implicación personal en la Ruta ha sido tan fuerte que nuestras vidas han girado alrededor de ella durante todo el tiempo que hemos empleado. ¿Es posible que mañana no tengamos etapa?, ¿es posible que mañana no vivamos otra vez la experiencia de compartir frutos secos y agua con ese grupo de peregrinos?.

Hemos conocido tanto…. Arte, cultura, ingeniería, naturaleza. Catedrales e iglesias; lenguas y acentos; gastronomía y tradiciones; puentes y canales; altos y valles, bosques, viñedos, prados y tantas cosas más. Hemos disfrutado de la Galicia interior y, claro es, de Santiago. Sí. Pero mañana, ¿qué?. Nos hemos demostrado capaces de lo más difícil. Pero, ¿y nuestras vidas habituales?, ¿cómo vamos a afrontarlas?.

Con esos pensamientos seguimos avanzando lentamente en la cola para abrazar al Apóstol. Y creemos que el Apóstol nos da la respuesta. Hemos asumido que la vida será distinta después de esto. Hemos sabido en carne propia cuáles son nuestros techos, pero también nuestras posibilidades. Y que se puede disfrutar tanto de dar como de recibir, tanto de ayudar a quien lo necesita como de recibir ayuda de quien te la ofrece. Que hay gente maravillosa, con independencia de su posición, de su raza, de su lengua, de su religión. Y que también los hay aprovechados y sinvergüenzas. La experiencia jacobea es irrepetible, aunque la repitamos. Nos quedamos con sus enseñanzas, las buenas y las malas. Con las emociones, sentimientos y reflexiones que hemos experimentado a lo largo de estos largos setecientos y pico kilómetros.

Y de nuevo nos refugiamos en el Eclesiastés para combatir el vacío dejado por la promesa cumplida y el reto alcanzado: un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para plantar y un tiempo para cosechar; un tiempo para matar y un tiempo para sanar; un tiempo para destruir y un tiempo para construir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para estar de luto y un tiempo para saltar de gusto; un tiempo para esparcir piedras y un tiempo para recogerlas; un tiempo para abrazarse y un tiempo para despedirse; un tiempo para intentar y un tiempo para desistir. Añadimos nosotros, un tiempo para la peregrinación, otro para vivir conforme lo aprendido en ella.

Llega el turno del abrazo al señor Santiago. Y, en silencio, le pedimos por los nuestros y le agradecemos habernos ayudado a llegar hasta aquí. Y, por lo bajito, le decimos: algún día volveremos.

Mayra Machado / José Félix Talegón

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 29.2: de O Pedrouzo a Santiago / 20 kms

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¡AL FIN, COMPOSTELA!

Tunel de acceso a la plaza del Obradoiro

Por la Rúa de San Lázaro nos adentramos en la capital de Galicia. Junto al Palacio de Congresos, desciende de un autocar un grupo de escolares portugueses. Su tutor se dirige a nosotros y nos pregunta, en un castellano aceptable, dónde habíamos comenzado el Camino. Desde Roncesvalles, le dijimos. Inmediatamente reunió a los chiquillos que nos rodearon comenzando una rueda de preguntas, que el tutor traducía. Nuestras respuestas en castellano eran entendidas bien, o eso parecía. Cuántos kilómetros hacíamos al día, qué comíamos, cuántas etapas, cuántas ampollas nos habían salido, etc, fueron sus preguntas. Uno de ellos, más atrevido, nos preguntó algo que ya rondaba nuestras cabezas, ¿lo vais a repetir?. Ya veremos, es probable. El tutor también nos preguntaba detalles e intentaba con ello despertar el interés de los chicos. Ellos estaban haciendo, en autocar, la doble visita que como luego supimos muchos otros portugueses habían organizado: Fátima y Compostela. Fue la segunda vez, la primera fue en el Alto del Perdón, en Navarra, que vivimos la impagable experiencia de animar a los chavales a vivir la aventura de la Ruta Jacobea.

¡Al fin, llegamos!

Pero ojo, aún no habíamos terminado del todo, así que nos despedimos del grupo, entre cariñosos aplausos y seguimos camino. El callejeo por Santiago fue inolvidable, qué ganas de entrar en el Obradoiro. Por fin, tras pasar frente al Monasterio de San Martín Pinario, un pasadizo abarrotado de músicos callejeros y turistas, nos da paso a la gran Plaza. No se puede describir lo que se siente. Apenas podíamos hablar. Unos peregrinos ciclistas bajaban de sus “bicis” y se arrodillaban besando el suelo. Otros se abrazaban jubilosos. Alguno, más bien todos, lloraba. Nosotros, frente a la fachada de la Catedral y flanqueados por el Palacio de Raxoi y el Antiguo Hospital de Peregrinos, hoy de los Reyes Católicos, estábamos sobrecogidos por la emoción. Numerosos grupos que se autoidentificaban portando las banderas de sus lugares de procedencia, Andalucía, Extremadura, Portugal, Polonia, Irlanda, Estados Unidos, se unieron en un improvisado y gigantesco corro, en cuyo centro un par de jóvenes cantaban acompañados de sus guitarras. Al compás de la música, todos unimos nuestras manos, desplazándonos siguiendo el suave ritmo y permitiendo se unieran al corro los peregrinos que seguían llegando incesantemente. No hay palabras. Mejor vengan a verlo.

Cola para la Misa del Peregrino

Aún impactados por la emoción y olvidando el cansancio acumulado, bordeamos la Catedral y nos dirigimos hacia la Rúa do Vilar, donde se ubica la Oficina de Acogida al Peregrino. Allí, hicimos cola para obtener la preciada Compostela, el documento escrito en latín que acredita haber hecho la peregrinación y que guardaremos como oro en paño. Al salir, peregrinos y turistas nos afanábamos en entrar en la Catedral para asistir a la Misa del Peregrino. También pudimos ver el vuelo del Botafumeiro, indebida mezcla, todo hay que decirlo, de significado jacobeo y espectáculo turístico. El abrazo al Apóstol hubimos de dejarlo para el día siguiente habida cuenta la imposibilidad de hacerlo ante la masiva afluencia de personas. Y la visita al Pórtico de la Gloria, desgraciada aunque necesariamente en obras y los tradicionales tres “croques” habrá que dejarlos para otra ocasión. Después de cumplir, en la medida de lo posible, con los ritos jacobeos, era preciso descansar mente y cuerpo, aturdida pero feliz la primera, ciertamente dolorido el segundo.
M & JF

martes, 20 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 29.1: de O Pedrouzo a Santiago / 20 kms

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Monolito que señala la entrada al concello de Santiago

Ahora sí que llegó el gran día. Atravesar los Montes de Oca y llegar a Burgos; cubrir la mitad del recorrido; León; la Cruz de Hierro; El Bierzo y la subida al Cebreiro, todos ellos y algunos más han sido hitos muy significativos en nuestra aventura; todos ellos nos parecieron, en las vísperas, merecedores de “gran día”. Pero ninguno como éste. ¡Íbamos a entrar en Compostela!

Apenas habíamos dormido; la emoción, como de niños la noche de los Reyes Magos, nos lo había impedido. Sí, al menos, habíamos descansado y nuestras dolencias en las rodillas habían remitido. Y llegó el momento de salir. Las calles de Arca do Pino (nos gusta más esa híbrida denominación) eran un hervidero de peregrinos, cuyos rostros delataban también parecidas sensaciones. El Apóstol, además, nos regaló un tiempo favorable. Nubes y sol y temperatura suave. Enseguida los distintos grupos de peregrinos empiezaron a disgregarse, a separarse manteniendo una prudencial distancia entre ellos. Apenas veinte kilómetros nos separan del objetivo.

Peregrinos en el Monte do Gozo. Al fondo, Santiago

Otra vez suaves subidas y bajadas. Pero nos daba igual, no sentíamos dolor ni cansancio. A los cinco kilómetros llegamos a Cimadevilla y poco después entramos en el Concello de Santiago, último municipio del Camino Francés. Un monolito nos lo indica. Nos fotografiamos allí, dándole al momento el reconocimiento que merece. Después, nos detenemos en San Pelayo, donde hacemos un descanso. Lavacolla y su arroyo, donde la tradición nos cuenta que los peregrinos se aseaban antes de entrar en Santiago, marcan el punto de inflexión en cuanto a la dureza de la etapa. Ciertamente, comenzamos la que será, probablemente, la última cuesta, la que nos lleva hasta las inmediaciones del aeropuerto. Inevitablemente miramos los aviones aterrizar y despegar. Y volvemos a reflexionar sobre cómo ha progresado, materialmente, la humanidad desde que comenzó la milenaria ruta. Aeronaves, teléfonos móviles, televisiones, ordenadores portátiles, cámaras fotográficas, asfalto, automóviles, medicinas para todos, ropas y equipos especiales. Y tantas cosas más. Enfrente, un bordón, un humilde zurrón y una pobre vestimenta. Y la vieira, claro. En lo espiritual, en lo moral, sin embargo, no estamos tan seguros del progreso.

Entrando en la ciudad

Y, entre tanto, ya estábamos a las puertas del Monte do Gozo. Para ser sinceros y, sin olvidar el significado que tiene el lugar, hemos de reconocer que, pese a lo esperado, nosotros no fuimos capaces de ver desde allí las torres barrocas de la catedral compostelana. Parece que la vegetación de algunas fincas privadas ha crecido lo suficiente para impedir su visión. Pero no nos importa, las torres, ahora sí, están allí. Y nos están esperando.

Todos aceleramos. Se ve un nudo de carreteras y autopistas. Y polígonos industriales. Un cartel de madera con las, al parecer inevitables pintadas, nos indica que entramos en Santiago.

Ya sólo queda entrar en la ciudad y llegar a la Plaza del Obradoiro. Detrás, habrán quedado más de 700 kilómetros de alegrías y tristezas; de campos y ciudades; de frío y de calor; de lluvia y de sol; de esforzadas cuestas y de plácidas travesías; de prudencia y de osadías; de arte, de gentes, de experiencias.
M & JF

lunes, 19 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 28: de Arzúa a O Pedrouzo / 19 kms

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Despidiéndonos de Arzúa

Más lluvia. Había llovido mucho durante la noche y al amanecer lo hacía más suave. Primer dilema: ¿chubasquero o capa? Optamos por el primero y ya veremos. Salimos de la ciudad por la misma carretera nacional que la atraviesa y enseguida comienzan las cuestas. Nos despedimos de Arzúa desde un alto. De nuevo comienzan los toboganes, las subidas y las bajadas, las pistas de tierra y de asfalto, los cruces de carretera y el tránsito por incontables aldeas. Barro y charcos nos dificultan la marcha. No importa. Santiago está ahí mismo, nos decimos. Muchos peregrinos, la mayoría ibéricos, españoles o portugueses que se hacen notar. En Melide la ruta francesa recibe los caminantes del llamado Camino Primitivo y en Arzúa son los peregrinos del Norte los que se unen a nosotros.

Una pequeña molestia en las rodillas nos recuerda los muchos kilómetros ya recorridos, los continuos cambios de ritmo, y también, por qué no decirlo, la alta velocidad que llevamos. Es que Santiago está ahí mismo, cómo no vamos a correr. En Burres abandonamos el concello de Arzúa y entramos en el de O Pino, último municipio antes de Santiago. Vuelve la intensa lluvia y algunos deciden ponerse la capa. Apenas descansamos, las rodillas nos siguen avisando.

Capas y chubasqueros en otra etapa lluviosa

Siguen los prados y los bosques, mayoritariamente de eucaliptos, que dejando al margen polémicas sobre su conveniencia ecológica y forestal, impregnan el aire con un agradable aroma. En Boavista nos incorporamos a un grupo de peregrinos que deliberan sobre la posibilidad de alargar la etapa y llegar hoy al Monte do Gozo, dejando para mañana la triunfal y fácil entrada en Santiago. Algunos se atreven, otros optamos por mantener el plan o más bien fueron nuestras rodillas las que tomaron la decisión. Recordamos las consecuencias que tuvieron algunas osadías en etapas pasadas. No. Además, hay un cierto aire de competición que nos desagrada. Santiago de Compostela no se consume, no se gasta, es eterno. Mañana también estará ahí. ¿para qué las prisas? Una cosa es llevar una buena velocidad animados por ver tan próxima la consecución del objetivo y otra muy distinta entrar en una carrera sin sentido. La mayoría, justo es decirlo, participaron de nuestro criterio.

¡Qué cerca está Santiago!

En A Rúa, el mojón nos indica 19 kilómetros a Santiago. Ya nos dijeron que había un ligero error a la baja, pero en todo caso, la etapa está concluyendo. Nos acercamos a O Pedrouzo, de la parroquia de Arca, Concello de O Pino. Algunas informaciones mencionan indistintamente las tres denominaciones y causan cierta confusión. Al llegar a la población, buscamos y encontramos alojamiento. Preguntamos a quien nos acoge el nombre de la población. Nuestra hospitalera sonríe. Unos lo llamamos de una manera y otros lo llaman de la otra. No nos quedamos muy convencidos pero la carcajada fue sonora. En O Pino-Arca-O Pedrouzo sellamos nuestras credenciales e hicimos un largo y necesario descanso antes de la etapa final. El sueño está cerca de hacerse realidad. La promesa y el objetivo, muy próximos a cumplirse. Las rodillas, también muy cerca de decir basta.
 M & JF

domingo, 18 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 27: de Palas de Rei a Arzúa / 29 kms

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Vadeando el arroyo

Otro día lluvioso en Galicia. Tenemos por delante una significativa etapa. Por la distancia a recorrer, por encima de lo recomendado pero también porque en ella entraremos en la última provincia del Camino Francés, La Coruña. Navarra, La Rioja, Burgos, Palencia, León y Lugo ya iban a ser historia. Así que manos a la obra. Bajo la lluvia recorremos los primeros kilómetros. Algunas corredoiras están encharcadas y unas losas ayudan a vadear los arroyos que las inundan. Pronto llegamos a San Julián del Camino que tiene una preciosa iglesia románica del siglo XII.

Otra vez los toboganes, suaves subidas y bajadas que nuestros colegas los ciclistas llaman rompepiernas, ya que cuando los músculos parecen haberse acostumbrado a la subida, la bajada los enfría de nuevo. Y vuelta a empezar. Algo parecido nos ocurre a los caminantes. Pero así de hermosa es Galicia y mantener esa opinión nos ayuda a superar esas leves dificultades.

Iglesia de San Xulián do Camiño

En O Coto cambiamos de provincia. Ya estamos en Coruña. Queda muy poco a Santiago. Bueno, poco relativamente. Poco si lo comparamos con los más de 700 kilómetros recorridos para llegar a Melide donde entramos tras pasar Furelos. Y allí nos esperaban dos gratas sorpresas. Una; cuando el grupo de peregrinos en que más o menos nos integramos se dirigía hacia el centro de la ciudad y pasamos por la puerta de una pulpería, su dueño nos ofreció probarlo gratuitamente. Era bastante temprano y más apetecía un café, pero tanto insistió el hombre que accedimos. Y tenía razón. No sólo lo probamos sino que además nos quedamos allí todos a almorzar caldo gallego y pulpo, ambos magníficos. Con ello se trastocaron un poco los planes horarios pero mereció la pena.

La otra; en pleno centro de Melide existe, frente a la iglesia del Sancti Spiritus, una especie de bulevar cuyo suelo está adornado con estrellas en cada una de las cuales figura el nombre de un ilustre miembro de la Orden del Camino de Santiago, muy vinculada a la Ruta y a la propia localidad. La casualidad, bendita casualidad, hizo que nuestra mirada fuese a fijarse precisamente en una de ellas, la dedicada a D. Feliciano Barrera, editor de El Correo Gallego y firme promotor del Camino de Santiago. Desde este humilde diario testimoniamos nuestra admiración por su ingente labor empresarial y de mecenazgo cultural y defensa de Galicia y nuestro agradecimiento por permitirnos formar parte pequeñita de su equipo de colaboradores.

Con la fuerza del caldo y el pulpo y la emoción transformados en energía, acometimos la última parte de la primera y larga etapa coruñesa. Eucaliptos, robles, pinos y castaños se alternan, otra vez, con los prados. Carballal y Boente, Figueiroa y Castañeda, donde estaban los hornos de cal en que los peregrinos entregaban las piedras recogidas en la etapa de Triacastela, Ribadiso y Rendal, entre otras, nos ponen en las puertas de Arzúa, a la que llegamos después de una interminable subida y que atravesamos, muy cansados pero con enorme ilusión, por su calle principal, en realidad, un tramo de la carretera nacional 547.
M & JF

jueves, 15 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 26: de Portomarín a Palas de Rei / 25 kms

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El cruceiro de Lameiro

Última mirada a la Iglesia de San Nicolás y al nuevo Portomarín. Moderno, pero precioso. Lo recomendamos vivamente. Cruzamos el arroyo de las Torres, afluente del Miño y uno de sus colaboradores en la tarea de aportar agua al embalse de Belesar. Iniciamos una larga, pero asequible subida, entre bosques de pinos y helechos. La Galicia interior luce esplendorosa en días como hoy, a ratos nublado, a ratos con un fuerte sol. Sólo los horizontes que dejamos, sobre todo, a nuestra derecha, alimentan nuestro espíritu y nuestro ánimo. El alimento físico nos lo da un sencillo desayuno en el albergue de Gonzar.

Iglesia de San Tirso en Palas de Rei

Nuestro camino sigue jugando a subir y bajar, unas veces por pistas de tierra, otras por asfalto de carreteras secundarias y algunas cruzando con precaución vías de más tráfico. Llevamos ya más de 15 kilómetros cuando entramos en el Concello de Monterroso y nos topamos con el cruceiro de Lameiros, de finales del siglo XVII, singular por su doble cara, una con la imagen de Cristo y la otra con la Virgen de los Dolores. Hacemos allí también un pequeño descanso para afrontar la última parte de la etapa.

Tras Ligonde y Airexe, entramos en el concello de Palas. Verdes prados y “rubias gallegas” salen a nuestro encuentro. Nos referimos, claro es, no vayan a pensar otra cosa, a la apreciada ternera de raza autóctona. Y ya que hablamos de ganado vacuno, al poco llegamos a O Rosario, junto al Monte Sacro, lugar en el que, según la tradición los discípulos del Apóstol amansaron una manada de reses bravas para trasladar el cuerpo del santo. De alguna manera, nos recordó la historia de los toros bravos de Carrión, que hicieron huir al invasor musulmán para evitar el tributo de las cien doncellas. Similares historias o leyendas hemos escuchado en otras zonas de la Ruta, como en La Rioja. Como en muchas zonas de España, más bien de Iberia, en las que son comunes las distintas manifestaciones del culto al toro.

Y así llegamos a Palas de Rei, justo para asistir, en la Iglesia de San Tirso, a la Santa Misa que ofició su párroco y que más bien fue una Misa del Peregrino, habida cuenta de la afluencia de éstos y de las continuas alusiones de su oficiante al Camino de Santiago y su significado religioso. Como recuerdo de Palas y su iglesia nos queda, además, el sello en nuestra credencial.


M & JF

lunes, 12 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos. Etapa 25: de Sarria a Portomarín / 22 kms

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Cielo nublado al salir de Sarria

Hoy ha tocado lluvia. Como es habitual en Galicia, a día soleado sigue día nublado. Claro, que eso es garantía de verdor y de vida, de hierba que nace en el valle a golpes de sol y de agua, como diría el conocido cantautor. Y equipados para lluvia comenzamos la etapa en Sarria, junto a la estación de tren. Allí nos concentramos muchos grupos de peregrinos y recordamos que la localidad es el habitual punto de partida para aquellos que quieren cumplir la peregrinación mínima, los 100 kilómetros. Una fuerte subida nos conduce al Castro de As Paredes, donde un mojón nos indica la distancia, 109 kilómetros. Por cierto, nos avisa un veterano peregrino que la señalización de los mojones no es exacta, ya que debido a las obras, dice, de entrada en Santiago, en realidad nos quedan dos o tres kilómetros más. No importa, pensamos, la aventura jacobea es mucho más que una discrepancia en la señalización, aunque el error sea, digamos, en nuestro perjuicio.

Puente sobre el embalse de Belesar

Poco antes de Barbadelo, en la aldea de Vilei, aprovechamos para secarnos un poco, sacudir los chubasqueros y tomar un café en una especie de bar automático donde en ausencia de personal existen máquinas para cambio de monedas, para cafés, refrescos y algún alimento. Y autoservicio para sellado de credenciales. Nuestro avezado acompañante nos recomienda que sellemos en varias localidades de cada etapa, pues la Oficina del Peregrino en Santiago puede denegar la Compostela si tiene dudas sobre la veracidad del tramo recorrido. Hay quien trata de engañar y de engañarse yendo en coche a la localidad de cabecera y a la de llegada y le ponen ambos sellos en su credencial y tan contento que se queda, nos dice. No entendemos cómo alguien puede ser capaz de falsear su credencial. ¿A quién quiere engañar? ¿ante quién quiere exhibirse? El Apóstol y Dios y la conciencia de cada uno (¿o es lo mismo?), saben quién ha hecho el esfuerzo y quién no. Pero como también valoramos la obtención de la Compostela y no nos gustaría nada quedarnos sin ella, le hacemos caso. El problema es que las casillas libres de nuestras credenciales se nos están agotando y no podemos sellar en todas las localidades por las que pasamos. Solución, además de sellar dos veces en la cabecera y final de cada etapa, también pondremos sellos de localidades intermedias en unas hojas adicionales.

Iglesia de San Nicolás, en Portomarín

En fin, que con esa preocupación seguimos nuestro camino. Suaves ascensos y descensos se suceden en la ruta, a modo de toboganes. La vista del horizonte después de cada ascenso nos da referencias del perfil de la etapa. Pero hay un descenso algo distinto, más largo y la siguiente loma se nos antoja algo más lejana. Naturalmente; estamos llegando al padre Miño, el río de Galicia, que cruzamos por el puente sobre el embalse de Belesar, en cuyo fondo reposa sumergido el viejo Portomarín, cuya preciosa iglesia de San Nicolás, ejemplo de románico lucense, fue trasladada piedra a piedra a mediados del siglo pasado hasta su actual emplazamiento en lo alto del nuevo pueblo. Para nosotros, un ejemplo de compatibilidad entre desarrollo y respeto por la historia, el arte y la cultura. Por lo demás, el nuevo Portomarín se yergue sobre el Miño, exhibiendo sus blancas galerías y fachadas y acogiendo al peregrino con una múltiple oferta de establecimientos y albergues. Muy bien, un diez.
M & JF

viernes, 9 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 24: de Triacastela a Sarria / 18 kms.

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Con nuestr amigo Alfredo

Salimos tarde. Teníamos ante nosotros una etapa corta y además, no pasamos buena noche por culpa, pensamos, de los alimentos, en dudoso estado, ingeridos en el bar cuyo nombre no queremos ni recordar. El Concello o la Xunta deberían tomar cartas en el asunto. Y no es sólo nuestra opinión, supimos que otros peregrinos ya se habían quejado de lo mismo. En fin, es mejor olvidar y no permitir que los árboles de los inconvenientes nos impidan ver el bosque de la ilusión, de la superación personal y de todo lo que supone peregrinar a Compostela.


Como tantas veces nos ha ocurrido, también en Triacastela dos posible rutas se ofrecen al peregrino para llegar a Sarria. Una, la histórica, por San Xil, más corta pero con más desniveles. Otra, la artística, por Samos, mucho más llana. Nosotros optamos por la primera. Y comenzamos a andar por pistas entre bosques de castaños, abedules y carballos, ganando altura poco a poco, descansando algo en la Fonte dos Lameiros, antes de coronar el alto de San Xil. Montán, Fortearcuda y Furela son las siguientes aldeas por las que pasa el Camino. En la última hacemos un descanso para tomar un café.


Entre prados y bosques

Con alegría, nos reencontramos con Alfredo, nuestro amigo venezolano, que había salido de Triacastela antes que nosotros. Los bosques de robles y castaños, moteados con verdes prados nos acompañaron por Pintín, Aguiada y San Mamede del Camiño y juntos disfrutamos de la belleza de las sendas y la facilidad de su escaso desnivel.
Fonte dos Lameiros

Ya en Sarria, nos emocionó despedirnos de él. Intercambiamos direcciones de correo y teléfonos, además de sinceros abrazos. Nos dejó lo mejor, su amistad y su ejemplo de afán de superación ante las adversidades. Le recordaremos con el mismo afecto que él nos dio y como además seguro que cumple su promesa, le veremos el próximo año en algún lugar de España.
M & JF

miércoles, 7 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 23: de O Cebreiro a Triacastela / 22 kms

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Castaños centenarios en Ramil

Amanece en O Cebreiro. El frío de la madrugada se compensa con un caliente café en un multitudinario desayuno con varios grupos de peregrinos. Por encima del bullicio y el ruido de los cubiertos y las tazas, hay un significativo silencio. Estamos en Galicia. Queda poco, Santiago está a sólo 155 kilómetros. Es posible que las etapas duras o de gran longitud ya sean pasado. Pero queda tan poco que lo que nos preocupa es que un leve tropezón, una inoportuna indisposición o unas inesperadas ampollas pongan en riesgo, tan cerca de la meta, conseguir eso que anhelamos, entrar en Compostela. Así que, nos conjuramos, despacio y con atención.

El paisaje nos ayuda, desde luego. Desde la altura de O Cebreiro, y por encima de las escasas nubes, iniciamos el camino. Los bosques de robles y castaños de la Sierra de O Courel se alternan con los prados y las verdes lomas. El trazado de la etapa es suave, en ligero descenso sólo alterado por los altos de San Roque y de Poio. Las vistas, deliciosas; y el sendero, aunque muy cercano a una carretera, ameno y entretenido. Después de atravesar Hospital y Padornelo, hicimos un descanso en Fonfría, donde una señora de avanzada edad sorprende al peregrino con unas magníficas tortas de leche. Antes de emocionarnos con su actitud nos damos cuenta del excesivo interés en que el peregrino deje su voluntad. No importa, las tortas estaban estupendas y teníamos intención, como siempre, de dejar la nuestra.

Triacastela está ahí abajo...

Después de O Biduedo se inicia un fuerte descenso. Ya estamos en el Concello de Triacastela (¿tres castros? ¿tres castillos?) y la cabecera del municipio se adivina allá, al fondo del valle, protegido por el Monte Oribio. Pero quedan aún siete u ocho kilómetros de recorrido, en continua bajada, que, ¿para qué decir otra cosa? nos machaca las rodillas. Cuidado!, nos dice nuestro Ángel de la Guarda. Y le hacemos caso descansando en Filloval, donde compartimos tregua (y los mismos avisos en las rodillas) con Alfredo, un afable y cordial venezolano con el que tuvimos el placer de compartir un café y platicar. Era su primera visita a España y no encontró mejor modo de hacerlo que peregrinar a Santiago. Maravillado por la riqueza artística que acumulaban tantas localidades desde Roncesvalles y más aún por la profunda carga espiritual y religiosa que advertía en esta milenaria ruta, nos prometió que volvería el próximo año, esta vez con su familia. Se emocionó al conocer la tradición de recoger una piedra caliza de una cantera próxima que más adelante el peregrino entregaba para colaborar en la construcción de la catedral de Compostela (ver: el transporte de piedras). No sabemos si fue el descanso o si fue la conversación con Alfredo, pero lo cierto es que nuestras rodillas habían casi sanado y nos dispusimos a acometer la recta (es un decir) final de la etapa.

Verdes valles cerca del "Alto do Poio"

Triacastela estaba ahí abajo. Y poco después de pasar junto a los centenarios castaños de Ramil, en ella entramos por una calleja donde se ubican la Iglesia románica de Santiago, los albergues y la mayoría de establecimientos privados pensados para el peregrino y el turista. Lamentablemente, uno de ellos, situado a la izquierda del camino y de contundente nombre jacobeo, nos pareció un ejemplo de pésima calidad, vendiendo alimentos en dudoso estado y sobre todo, perjudicando la imagen del Camino, además de la gastronomía y el turismo gallego y español. Sentimos decirlo. Pero también creemos que debemos hacerlo.
M & JF

lunes, 5 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 22: de Villafranca a O Cebreiro / 28 kms

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Prados y valles en la subida al Cebreiro

Llegó el gran día, el día en que se pondrán a prueba la preparación física y también la entereza, la ilusión, el ánimo y el deseo de llegar a Compostela. Es, sin duda, la etapa reina del Camino Francés. En ello coinciden los códices antiguos y las guías modernas. Es una jornada dura, demasiado larga, pues excede con creces los 20/25 Kms. diarios que se recomiendan para el peregrino caminante y en la que, además, habremos de salvar el más fuerte desnivel de cuantas etapas hayamos recorrido. Sin embargo, desechamos la idea de partir la etapa en dos. Galicia está demasiado cerca como para demorar nuestra llegada un día más.

Miramos hacia el Noroeste. Sentimos el contraste entre las imponentes montañas, estribaciones de los Ancares, que separan León de Galicia y la insignificancia, la menudencia de los diferentes grupos de peregrinos que nos disponíamos a enfrentarnos con ellas. Sabíamos que si llegamos allá arriba, a O Cebreiro, habremos salvado la mayor de las dificultades externas para lograr nuestro objetivo. Y con ese deseo, bien abastecidos de agua y alimentos energéticos, comenzamos la marcha. La ruta se inicia por un carril junto a la carretera que asciende a Piedrafita, apenas separada de ella por el propio quitamiedos. Atravesamos Pereje y Trabadelo, La Portela y Vega de Valcarce, Ruitelán y Las Herrerías donde, en realidad, comienza la verdadera subida.

Mojón jacobeo, ¡estamos en Galicia!

Ahora sí, una fuerte pendiente sobre el asfalto de una carretera secundaria nos aleja de Las Herrerías. Nos quedaban horas de una interminable subida por sendas de montaña, a menudo dificultadas por rocas, raíces, agua. Nos detuvimos numerosas veces para recuperar el resuello, sí, pero también para disfrutar las increíbles vistas de las vegas de Valcarce y Burbia, de los verdes pastizales, de los bosques de castaños y robles, de los pequeños pueblos de montaña que más que despedirnos de León nos dan la bienvenida a Galicia.

Seguimos la ascensión. La Faba y Laguna de Castilla serán los últimos dos núcleos de población de León. La pendiente se suaviza, relajamos algo los doloridos músculos. Quedan aún algunos kilómetros de senda entre el paisaje más pelado de la alta montaña; abajo quedan los prados y los bosques, los ríos, las casas. Arriba, sólo la montaña y allí, donde ésta parecía terminar, un pequeño grupo de árboles y algo que parecía un grupo de cabañas. Podía ser O Cebreiro, dijimos, pero queda aún lejos. Pensamos que el límite provincial y regional estaría allí, pero nos sorprende y nos emociona un mojón que, adornado con la Cruz de Santiago y los símbolos identitarios lucenses y gallegos (y con alguna que otra pintada no tan emocionante) marca la entrada en Galicia. Ante él, un extraño impulso hace que nos arrodillemos.

Palloza en O Cebreiro

Entre lágrimas de dolor y cansancio pero, sobre todo, de emoción, recorrimos el escaso kilómetro que nos separaba de Cebreiro. Ahora sí. Ya estamos en nuestra querida Galicia. Las restauradas pallozas salen enseguida a nuestro paso que, sin apenas dudar, nos lleva a la Iglesia de Santa María la Real, donde logramos estampar el primer sello gallego en nuestras credenciales. Era ya hora de descansar de tanto esfuerzo físico y de tantas emociones.
M & JF

viernes, 2 de julio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 21: de Ponferrada a Villafranca del Bierzo / 24 kms.

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Viñedos y frutales, detrás los montes Aquilanos

Sólo salir de Ponferrada, habida cuenta de sus dimensiones urbanas, ya es un ejercicio físico importante, máxime cuando las siguientes localidades, como Columbrianos o Compostilla son, en realidad, aledaños de la gran capital del Bierzo. Cruces de carreteras, de avenidas, zonas industriales y comerciales se suceden unas a otras hasta volver a transitar por caminos más o menos rurales, en definitiva, hasta dejar de pisar asfalto.

La relativa proximidad a Galicia y sobre todo, una mejoría del tiempo, hacen aumentar el número de peregrinos, caminantes o ciclistas y por ello se nos hizo muy ameno al ser muy frecuentes las charlas y encuentros con peregrinos de todas procedencias; un par de amigos brasileños, poco acostumbrados a los fríos, que habían salido de Astorga y les había sorprendido, como a nosotros, la tormenta de nieve en Foncebadón y habían aprovechado su paso por Ponferrada para equiparse mejor. También dos navarras que hacían, cada año, una semana del Camino y pensaban terminar la de éste en O Cebreiro, en fin, que resultaba difícil no compartir con algún compañero de camino el café o el bocadillo y conversar algo, por poco que fuera. Es verdad que algunos peregrinos prefieren (o preferimos) el silencio y el recogimiento, “mirándose por dentro”, como nos había dicho el párroco de El Burgo días atrás.

Algo más adelante, vuelve la zona urbana, Camponaraya, a cuya salida, volviendo a sendas rurales, nos sorprenden unos voluntarios desinteresados al ofrecernos agua y refrescos desde una sencilla mesa de camping situada a la vera del camino. El Bierzo se nos presenta en todo su esplendor agrícola. Las bellas vistas que nos ofrece la ruta nos obligan a detenernos varias veces. Aquí, los viñedos de uva Mencía, salpicados de cerezos y perales; allá, Ponferrada. Más lejos, pero reconocibles, Las Médulas, ese impresionante espectáculo que por ser, es naturaleza, es ingeniería y es historia. Así llegamos a Cacabelos donde repusimos fuerzas con un menú del peregrino en uno de los muchos establecimientos del entorno de la Plaza Mayor. Acertamos con la elección aleatoria, el Mesón Apóstol, al que citamos, por su nombre, su relación calidad-precio y la simpatía y afecto con que trataron a cuantos peregrinos entramos en él.


Iglesia de Santiago en Villafranca

Y reiniciamos la ruta, a veces sobre asfalto, otras sobre pistas agrarias, pero siempre entre viñedos y frutales, hasta alcanzar Villafranca del Bierzo. El peregrino se reconforta con la Iglesia de Santiago, románica de transición, al conocer que es posible ganar las indulgencias compostelanas si alguna enfermedad le impide proseguir a Santiago. No era el caso, gracias a Dios, pero de ese singular y casi desconocido privilegio se informa a los peregrinos en la misma Puerta del Perdón del citado templo de esta localidad berciana, donde sellamos nuestras credenciales.

Con un pequeño recorrido por el Castillo, la Iglesia de San Francisco y la singular calle del Agua de Villafranca, conjunto histórico artístico, damos por concluida la jornada. Es preciso un buen descanso; mañana nos espera la etapa reina, la subida al Cebreiro, la entrada en Galicia. Muchas dificultades y muchas ilusiones nos esperan en un día que, probablemente, tenga un significado especial, el comienzo de la última y más emocionante parte del Camino.
M & JF

martes, 29 de junio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 20: de Foncebadón a Ponferrada / 27,5 kms

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Intensa nevada a la altura de la Cruz de Hierro

En Foncebadón, una amena tertulia con un grupo de peregrinos y el propietario del hostal y unas buenas y calientes sopas de ajo, nos compensaron el intenso frío que hacía en el exterior. La altitud, cerca de 1450 metros, presagiaba una fría noche. Y así fue, al amanecer, una intensa nevada caía sobre las cumbres de los Montes de León. Y nos acompañó aún durante un buen tramo, hasta superar el puerto de la Cruz de Hierro, 1.500 metros, que creemos es el punto más alto del Camino Francés. Aún con nieve en el camino, iniciamos el descenso hacia Ponferrada.

Puente en Molinaseca

El curioso albergue-bar de Manjarín nos recibe, como es tradicional, a tañido de campana, que el hospitalero hace sonar cada vez que ve peregrinos acercarse. Además del entendible interés en que entremos a consumir algo, agradecemos el singular recibimiento. A la salida de Manjarín coincidimos con Roberto, un peregrino extremeño, cartero de profesión, que llevaba las manos mojadas y heladas, muy mal protegidas con unas bolsas de plástico. El temporal le había sorprendido sin guantes y tuvimos la oportunidad de cederle unos que llevábamos en la mochila por si se calaban los nuestros. Los aceptó no sin antes proponer dónde devolverlos. No importa, le dijimos, quédatelos, quizá mañana seas tú quien pueda desprenderse de algo que otro pueda necesitar. Agradecido y con las manos ya calentitas siguió su camino, más despacio que nosotros.

Poco después, entramos en El Acebo, primer pueblo de El Bierzo. Notamos la diferencia de construcciones, antes con predominio de tejas, ahora con pizarras, más propias de climas de montaña. También apreciamos en las gentes su característico acento casi gallego. Es curioso, pensamos, cómo dividimos el Camino Francés, a su paso por la provincia de León, en tres zonas lingüísticas bien diferenciadas. En Sahagún, la influencia castellana es evidente. Desde Mansilla a Astorga, pasando por la capital, el habla, el acento, nos suena a Asturias, mientras que en la zona más occidental de la Maragatería y, desde luego en el Bierzo, se utiliza un castellano de profunda influencia gallega, cuando no gallego directamente.

La belleza del Castillo de los Templarios

Seguimos atravesando los hermosos pueblos asentados en las laderas de los Montes Aquilanos, como Riego de Ambrós. Se ve Ponferrada a lo lejos, pero se distingue bien desde la distancia por la inconfundible torre de la Rosaleda. Continuamos el descenso hacia la ciudad de los templarios, capital del Bierzo, por una sinuosa senda de montaña que nos deja un poco doloridos, hasta entrar en Molinaseca, la capital del municipio que engloba varias localidades, parroquias y aldeas (como ocurre en la ya próxima Galicia).

Por carretera recorrimos los pocos, pero interminables kilómetros que nos separan de la Pont Ferrada, final de etapa. Hacía años que no pasábamos por aquí y por ello nos sorprenden las grandes avenidas, las infraestructuras, los edificios y la calidad de sus comercios, propios de lo que es, una gran ciudad. Con todo, siempre será para nosotros la del Castillo de los Templarios, construido por la Orden del Temple en el siglo XI, sobre los restos de edificaciones celtas, romanas y visigodas, como defensa del Camino del Santiago.

M & JF

lunes, 28 de junio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 19: de Astorga a Foncebadón / 26 kms

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Este hito nos anuncia los pueblos más próximos

Otra etapa de las que cuesta muy poco sentarse a escribir el diario. Después de echar el último vistazo a la ciudad y con la convicción de que Astorga merece una estancia algo más larga, reemprendimos el camino en dirección a Castrillo de los Polvazares, capital gastronómica de la Maragatería y localidad, anclada en el tiempo, que conserva la esencia de lo maragato, en sus calles empedradas y sus singulares portalones. Ya dijimos ayer que queríamos probar el famoso cocido maragato. Por eso, la intención era comer pronto y por ello tener algún tiempo extra para la digestión de una comida abundante y extraproteica. En Castrillo no fue posible hacerlo, dado el enorme flujo de peregrinos y turistas que llenaron las casas de comida. Pero casi mejor, porque tuvimos la oportunidad de conocer Murias de Rechivaldo donde, en un sencillo bar, junto a la iglesia parroquial, pudimos satisfacer el capricho del cocido. Parecido al conocido cocido madrileño, tiene la singularidad de que la sopa se sirve lo último ¿y, por qué?. Pues nos cuentan que, con ocasión de la guerra de la Independencia, la posibilidad de entrar en combate era tan inesperada y súbita que los mandos ordenaron comer primero la sustancia, garbanzos y carnes, para tomar la sopa sólo si hubiera tiempo para ello. Aunque ahora no son, gracias a Dios, tiempos de guerra, respetamos la tradición maragata y consumimos un magnífico cocido que, como previmos, necesitó de un largo descanso para una adecuada digestión. Recordaremos con afecto y simpatía lo bien que nos atendieron en Murias, en un horario un poco a la noruega.

Alejándonos de Rabanal...

Reanudamos, muy despacio y bajo la lluvia, la marcha hacia Santa Catalina de Somoza y El Ganso. Los bosques de pinos se alternan con los de roble y el monte bajo. Compartimos camino con pequeños grupos de peregrinos, ya más numerosos, pues muchos inician su camino en Astorga y además allí se unen al Camino Francés los que proceden de Andalucía y Extremadura por la Ruta de la Plata. Ya no caminamos casi en soledad, como ha sido la tónica. Casi siempre tenemos, delante o detrás de nosotros, otros peregrinos, con los que intercambiamos experiencias y conversaciones y a los que ofrecimos alimentos enérgeticos que, precisamente hoy, nosotros no necesitábamos.

Arcoiris camino de Foncebadón

Enseguida llegamos a Rabanal del … Camino, claro es. Precioso pueblo maragato donde hicimos un breve alto en un bar en el que compartimos la misma sencilla mesa alargada con bancos a ambos lados, con otros peregrinos, a pie o ciclistas. A todos nos hubiera apetecido prolongar la tertulia que entablamos sobre nuestras respectivas experiencias, pero… aún quedaba mucho camino. Y lo reanudamos abrigándonos bien pues un frío viento nos anunciaba un empeoramiento meteorológico. Casi sin darnos cuenta, comenzamos el ascenso por las laderas del Monte Irago, por senderos entre robles y prados mientras nuestros amigos ciclistas lo hacían, a pocos metros, por la poco transitada carretera; la lluvia no se hizo esperar, fuerte y obstinada nos acompañó durante el resto del camino. Después de un interminable zig-zag y entre neveros, totalmente calados y ateridos de frío, llegamos a Foncebadón, pueblo prácticamente abandonado en el que un albergue y un hostal-albergue parecen ser los únicos signos de vida. Nosotros optamos por el segundo, espléndido y asequible alojamiento construido sobre el mismo lugar en que se celebró el Concilio del año 946 con asistencia de varios obispos de la región. Su propietario es uno de esos obstinados maragatos en devolver la vida a Foncebadón y su entorno. Que esté en pleno Camino de Santiago es, sin duda, un halo de esperanza para estas gentes.
M & JF

jueves, 24 de junio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 18: De San Martín del Camino a Astorga / 24 kms

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Puente medieval o "Paso Honroso" en Hospital de Órbigo

Muy pronto nos pusimos en marcha. Astorga era el objetivo. Los primeros tramos del camino son en realidad un sendero llano que, da la sensación, a veces se interna entre pequeños bosquecillos y diversos cultivos para evitar la monotonía de la cercanía a la carretera. El peregrino agradece estos divertimentos, especialmente cuando la jornada acaba de comenzar.

La ciudad de Astorga, su atedral y el Palacio Episcopal; al fondo los montes de León.

La ruta sigue, en todo caso, muy próxima a la carretera, entre canales y acequias que se alimentan del río Órbigo, que cruzaremos muy pronto. Puente de Órbigo nos anuncia exactamente lo que su nombre indica. Un singular puente medieval que nos da entrada en Hospital. Poco antes de cruzarlo y, mientras tomábamos un reparador café, la amable camarera nos contó la historia del puente. Allí, en 1434, precisamente jacobeo, el caballero Suero de Quiñones retó a todos los caballeros a un torneo a caballo y lanzas exactamente sobre el puente que estábamos cruzando. Aquello fue una competición, más bien un deporte, que duró un mes y sólo cobró una vida humana. La historia cuenta que ganó Don Suero quien, según narran las crónicas, peregrinó a Santiago en agradecimiento. Tal evento pasó a la historia como El Passo Honroso y hoy, en Hospital, se conmemora cada año con la celebración de las justas.

Catedral y Palacio Episcopal

Sin necesidad de caballo ni lanza, ni rivales en sentido contrario, atravesamos el bello puente y callejeamos por el pueblo siguiendo las señales amarillas que nos guían en nuestra ruta a Compostela. Ruta que, como ha ocurrido en varias etapas precedentes, ofrece al peregrino dos trayectos alternativos. A veces esta doble posibilidad, más que algo a agradecer, se transforma en un problema, la necesidad de tomar una urgente decisión cuando apenas se tienen datos previos. En fin, que nosotros optamos por seguir la que nos dijeron era la ruta histórica, que discurre en paralelo a nuestra nacional 120, sin apenas nuevos núcleos de población. Unos duros repechos y varios toboganes nos esperaban antes de llegar al crucero de Santo Toribio, desde donde ya se divisa Astorga y más al Oeste, los Montes de León, que ya nos anuncian la relativa proximidad de Galicia.

Descendimos hacia San Justo de la Vega, ya en las puertas de Astorga, que nos recibe con su romana denominación de Asturica Augusta. Sede y campamento de una legión romana, Astorga, fundada hacia el año 15 antes de Cristo, es hoy la capital de una próspera comarca leonesa, a la que dan nombre los maragatos, arrieros pioneros del comercio que hasta comienzos del siglo XX eran los verdaderos empresarios del transporte de mercancías entre Galicia y Madrid. De los maragatos, cuyo nombre y origen étnico siguen siendo discutidos, quedan hoy las tradiciones, los trajes típicos y en la práctica, el gentilicio para todos los habitantes de la comarca. También el cocido maragato, del que hablaremos mañana si, como prevemos, lo probamos.

Astorga, por lo demás, obsequia al peregrino con sus murallas, su espléndida Catedral y el Palacio Episcopal (obra iniciada por Gaudí) y muchas cosas más, como simplemente el callejeo por esta ciudad que es cruce de caminos jacobeos al confluir en ella los peregrinos que hacen la Ruta de la Plata.

M & JF

lunes, 21 de junio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 17: de León a San Martín del Camino / 25,9 kms

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La catedral de León, para muchos, la más bella de España

Llegar a León después de tan larga etapa nos obligaba a hacer hoy una más sencilla. Y por dos razones: León merece una visita sosegada y además, necesitábamos una jornada descansada. Bien prontito, eso sí, comenzamos a saborear la belleza de la ciudad. Utilizando para ello el transporte público, pues por la tarde habría que reiniciar la ruta, visitamos el casco viejo, la casa Botines, una de las más conocidas obras del gran Gaudí fuera de Cataluña, la basílica de San Isidoro, el Monasterio de San Marcos, dejando para el final la Catedral de Santa María. Los peregrinos franceses suelen contar la emoción que sienten cuando divisan sus torres góticas desde la entrada de la ciudad por Puente Castro, ya que les son muy familiares. Ciertamente, la de León recuerda a la de Reims incluyendo, ya en el interior, las bellas y coloridas vidrieras con motivos del Antiguo Testamento, que también recuerdan las de la catedral de Metz, obra del maestro Chagall. Tuvimos la suerte de que, al llegar a la plaza de la fachada occidental y, viéndonos con las credenciales que portábamos en la mano con la intención de sellarlas en la propia catedral, un grupo de peregrinos portugueses que habían contratado su propia guía, nos invitaran a acompañarles en la visita guiada. Otra vez una muestra de la extraordinaria solidaridad y sentido del compañerismo tanta veces puesto de manifiesto en la Ruta.

Vidriera y retablo de la catedral de León

Bien, era hora de reiniciar la marcha. Atravesando la plaza donde está el Hostal San Marcos y cruzando el Bernesga, la Avenida de Quevedo (que es el propio Camino de Santiago) nos sitúa en las afueras de la ciudad, apenas delimitada por unos semáforos de la siguiente localidad, Trobajos del Camino, seguida por La Virgen y San Miguel, ambas con el mismo peregrino apellido.

Cigüeñas en San Martín del Camino

Pasados todos esos pueblos, en realidad periferia de la gran urbe leonesa, volvemos a la ruta rural, aunque flanqueados por la propia carretera nacional. De nuevo el páramo castellano-leonés será nuestro acompañante durante varios kilómetros. Algo más adelante, nos topamos con un arroyo que, en un año tan lluvioso como éste, ha terminado por inundar el sendero. Allí, un matrimonio coreano, de avanzada edad y no muy buen equipo, esperaba la llegada de algún peregrino que les ayudase a vadearlo. Tuvimos la ocasión de ser nosotros quienes les ayudamos, cargando sus mochilas y guiando sus pasos entre las inestables piedras. Al terminar de vadearlo, nos agradecieron muy expresivamente, a la manera oriental, nuestra intervención. Compartimos con ellos los siguientes kilómetros hasta llegar a Villadangos del Páramo, donde nuestros amigos coreanos insistieron en invitarnos a comer algo lo que, para su sincera satisfacción, aceptamos de buen grado. No eran exactamente peregrinos, pero se comportaron con tanta educación y con unas maneras tan serenas y sencillas que la anécdota nos pareció un nuevo y bello ejemplo de la amistad espontánea, tan propia del Camino.

Ellos prefirieron quedarse en Villadangos donde, además, sellamos credenciales ya que otros peregrinos nos habían recomendado hacerlo aunque no fuera final de etapa. Nosotros seguimos unos kilómetros más hasta llegar a San Martín del (¿cómo no?) Camino y, ciertamente, no encontramos donde sellar, aunque sí donde alojarnos.
M&JF

viernes, 18 de junio de 2010

Diario de una pareja de peregrinos: Etapa 16: De El Burgo Ranero,Mansilla de las Mulas, León / 37,5 kms

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Un nutrido grupo de peregrinos nos seguía a corta distancia

Una larga etapa nos espera. Un buen y temprano desayuno en el Hostal del Peregrino, en El Burgo Ranero, nos iba a facilitar las cosas. Compartimos el café con D. Jesús Calvo, párroco de la localidad, que nos desea, por escrito, una feliz peregrinación al tiempo que nos obsequia con un poema del que lo fue de Nájera, D. Eugenio Garibay. Su lectura nos emociona pues expresa muy atinadamente lo que siente el peregrino jacobeo. Su versión completa es fácil encontrarla en la Red, así que nos conformamos con reproducir algunos versos:

Polvo, barro, sol y lluvia
Es el Camino a Santiago
Millares de peregrinos
Y más de un millar de años.
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Peregrino, ¿Quién te llama?
¿Qué fuerza oculta te atrae?
Ni el camino, las estrellas
Ni las grandes catedrales.-
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No es la bravura navarra
Ni el vino de los riojanos
Ni los mariscos gallegos
Ni los campos castellanos.
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La fuerza que a mí me atrae
La fuerza que a mí me empuja
No sé explicarla ni yo
Sólo el de arriba lo sabe.

Una legua escasa hasta Mansilla de las Mulas

Con el inesperado y agradecible obsequio, iniciamos la marcha hacia Mansilla de las Mulas. Alguna laguna, donde es fácil escuchar el croar de las ranas que dan apellido al pueblo, da paso de nuevo a la interminable llanura, sólo rota por alguna suave ondulación del terreno, como en las inmediaciones de Reliegos, que aprovechamos para fotografiar un nutrido grupo de peregrinos que nos seguía a corta distancia. Estábamos a una sola legua (unos 5 kilómetros largos) de Mansilla de las Mulas, cuyas murallas cruzamos por la Puerta del Castillo. Ya dentro del pueblo, en uno de los albergues privados donde repusimos algo las fuerzas, nos esperaba una sorpresa. El grupo de peregrinos que nos seguía, que contaba con vehículos de apoyo, nos ofreció acompañarles a Gradefes, localidad cercana situada en la carretera de Riaño, donde se ubica la maravilla del Monasterio de Santa María la Real. Agradecidos, aceptamos y allá que fuimos. Como casi siempre que visitamos algo de la espectacular riqueza artística del Camino, creemos que es mejor sugerir su visita que describirlo. Tan sólo diremos que puede apreciarse en él la serenidad y el orden casi perfecto de las construcciones cistercienses.

El espectacular claustro del monasterio de Santa María la Real, en Gradefes

De vuelta a Mansilla, reanudamos todos la ruta a León. El paisaje empieza ser distinto. Más verde, menos llanos, ríos con más caudal. El Esla da paso al Porma en Puente de Villarente, donde una vez más constatamos cómo las infraestructuras se olvidan del Camino y de los peregrinos y les hacen cruzar el puente, sin arcén alguno y a pocos centímetros de un peligroso e intenso tráfico. Sanfelismo, Arcahueja y Valdefuentes jalonan el resto de la etapa hasta coronar el Alto del Portillo, desde donde ya se divisan las torres góticas de la catedral de León. Muy cansados, dada la longitud y el ya más accidentado trazado de la etapa, llegamos al centro de la ciudad y recordamos los versos de Garibay, la fuerza que mí me empuja, la fuerza que a mí me atrae, no sé explicarla ni yo, sólo el de arriba lo sabe.
M & JF